miércoles, 29 de marzo de 2017

La La Land y su ceguera generacional.


Si LaLaLand responde a la premisa conceptual de sus creadores: que es un musical contemporáneo reflejo de la realidad generacional actual, entonces LaLaLand es una película fallida.

En primer lugar, porque la idea de que el tándem entre una aspirante a actriz que trabaja de camarera y un pianista de Jazz pobretón e idealista buscando sueños tan platónicos como clásicos del cine mainstream hollywoodiense, es un fiel representante de nuestra generación, presa del paro juvenil de profesionales sobre-cualificados, me parece, como poco, inverosímil y ridícula, y en general bastante insultante.

Si dejamos aparte, por el momento, esta narrativa argumental llena de clichés y dramatismos forzados, nos encontramos, al menos durante la primera parte del metraje, con una película conscientemente nostálgica y estéticamente deliciosa que se recrea con destreza en las referencias a los musicales clásicos y el Hollywood dorado. Lo cierto, es que fui al cine escéptica, pero plenamente abierta a la idea de salir de la sala absolutamente enamorada de LaLaLand. Y quizá, si toda la película hubiera seguido el concepto desarrollado en esa primera hora, lo habría hecho. Y es que para mí, La Ciudad de las Estrellas sólo funciona como fábula clásica vintage, porque ambientar (o desambientar) una película en la contemporaneidad no la convierte en contemporánea.

Su mayor acierto, no obstante, es haber dialogado tan bien todas las escenas, especialmente las cómicas, donde la química entre una espléndida Emma Stone y ese Ryan Gosling al que se come con patatas, sale a relucir, más, incluso, como amigos, que como amantes. Y en términos de originalidad, es indudable que la música funciona. Una serie de piezas más centradas en apoyar la narrativa que en protagonizarla con enormes números musicales. Es una apuesta más sutil, pero quizá así más intensa, que seduce y empapa LaLaLand con esa canción vertebral que es City of Stars. Es esta apuesta la que dota de identidad a un film que la necesita más allá de su propuesta estética y fotográfica.

Pero según Stone cambia los vestidos coloridos por los vaqueros y vamos adentrándonos en la segunda mitad del film donde la “realidad” se va imponiendo y nos alejamos del bucólico marco amoroso, nos adentramos también en una sucesión de clichés manidos a la hora de representar una tragedia inexistente a base de puntos de giro forzados y reacciones impostadas. Estamos hablando, obviamente, del proceso de ruptura, de la crisis existencial por la que el personaje de Gosling traiciona su espíritu de dolido reaccionario del Jazz y el de Stone, que volaba en una nube de idealismo indie, se da de bruces contra el hecho de que Seb ha ido perdiendo sex-appeal según se ha ido alejando de su identidad como soñador de película.

Es en este contexto, donde el planteamiento de Chazelle se aparece como superficial, desdeñando el esfuerzo, el fracaso y la madurez como opciones válidas para pasar a esquematizar una transición vacía de auténtica complejidad. Y es que, que alguien decida claudicar parte de su sueño para poder conseguirlo no es una vileza ni mucho menos una frivolidad, es y debería parecerlo, una decisión difícil y madura de quien tiene los pies en la tierra. Pero Chazelle, que está obsesionado con el éxito, no dibuja aquí la voracidad de éste con la misma profundidad que en Whiplash, transformando al purista de Seb en un vendido que rápidamente disfruta de la adulación de las masas, y todo por una visión paternalista de las relaciones sentimentales. Y es ahí, en la ruptura, cuando la película roza el delirio de imaginar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, pues nos encontramos ante un desengaño amoroso débil entre dos personajes que, sencillamente, se dan por vencidos.

Con esta propuesta, Chazelle ni siquiera se plantea la idea de la compatibilidad, pero no expone tampoco por qué no puede llevarse a cabo, vendiéndonos la idea de que elegir el trabajo por encima del amor es sencillo, cuando, en los tiempos que corren, tener que emigrar por un trabajo dejando atrás a la pareja o apostando por una relación a distancia es una de las grandes tragedias de la actualidad. En LaLaLand lo que nos queda son dos cobardes y dos rendidos que claudican, sencillamente, porque no saben manejar el fracaso ni tampoco el éxito, algo que podría haber resultado interesante si no fuera por el recurso de que amor y trabajo coincidan el mismo jueves a las ocho.

En última instancia, es un hecho que LaLaLand es una apología de los soñadores, protagonizada por dos soñadores tópicos y típicos, alejados diametralmente de la realidad – más él que ella – y retroalimentados entre sí, de ahí que su romance se fracture a la vez que el idealismo de él. Pero el film se queda ahí, sin preocuparse por reflexionar sobre el privilegio que supone poder aspirar a ser lo que uno quiere ser, en una sociedad como la actual donde - precisamente - no se puede aspirar si quiera a trabajar de aquello a lo que has dedicado entre cuatro y ocho años de estudios superiores. Por eso, se exhibe como triunfo el final agridulce de amantes desencantados, cuando el reto habría sido encontrarnos con dos auténticos fracasados. En LaLaland todos consiguen cumplir sus expectativas, y es por sus deseos que se movilizan los personajes, no por la "frívola" necesidad de encontrar un trabajo.Y así, Seb se convierte en metáfora andante del idealismo, una concepción de la vida que le traspasa a ella y que se convierte en el catalizador de su éxito.

El único precio a pagar, entonces, es su relación. Esto tendría sentido si, después de todo, nos encontrásemos con una pareja que realmente hubiese luchado por mantenerla o se hubiera visto forzada a abandonarla por razones de peso. Pero no es así. De esta forma, el melodrama con el que concluye la cinta, que quiere parecer una revisión de los finales made in Hollywood, no es más que otra impostura que, eso sí, nos ahorra un pastiche. Aunque no contento con eso, el film regala como bonus extra esa antología del teatro musical al servicio de narrar otra versión de la historia y dejar claro que, pase lo que pase, tanto en la cara A como en la B de la vida, la única opción de auto-realización de la mujer es estar casada y con hijos, el acompañante es sólo un accesorio. Llegados a este punto, o bien he visto otra película o necesito urgentemente que me expliquen qué tiene de moderno, de generacional y de sufrido este film bipolar, tan entretenido en su evocación del pasado como fallido en sus cimientos del presente, con mucha menos coherencia y ritmo que otros musicales que sí se llevaron el Oscar a casa. 

martes, 2 de febrero de 2016

Spotlight, camino de los Oscar.

Lo que diferencia un crimen perpetrado por una persona corriente de uno llevado a cabo por una persona con autoridad y responsabilidad social, judicial o parental (padres y madres, jueces, policías, políticos, médicos o curas, etc…) es que no sólo comete un crimen, sino que rompe con los valores y deberes de su cargo y falla a las personas a las que ha jurado proteger. Esta idea es la que siempre subyace en las narrativas que tratan el abuso, cuando alguien que cuenta con la confianza de otra persona aprovecha su posición para aprovecharse de las circunstancias dañando, muchas veces de forma irreversible, la vida de esa persona bajo su tutela. Cuando hablamos de una figura como la de un párroco, nos encontramos no sólo con el abuso sexual, sino con el robo de la fe y la manipulación de la religión, temas, todos ellos que se tratan en Spotlight, la última película de Thomas McCarthy sobre el reportaje del equipo de investigación homónimo llevado a cabo por el periódico The Boston Globe entre 2001 y 2003.

Protagonizada por un reparto coral, Spotlight expone los más de 246 casos de abuso a menores llevados a cabo por diferentes párrocos de Boston desde los años ochenta, y lo que es incluso más grave, con la connivencia de altos cargos de la iglesia. El film se basa en un guion fluido, conciso y nada morboso, que no se recrea en el drama, sino en la labor periodística como leitmotiv, rindiendo un sincero homenaje a la profesión y al tipo de labores de investigación que son casi impensables hoy en día. La película es un viaje a través de los entresijos y la estructura del Boston Globe, conociendo la maquinaria de un periódico, su funcionamiento y el encanto irrecuperable de los archivos y el papel en mitad de lo que supuso, en 2001, el cambio a la era del periodismo digital. Bebiendo de Todos los hombres del presidente o la más reciente creación de Sorkin, The Newsroom, Spotlight se une al elenco de películas serias sobre temas serios que consiguen no ceder a la emoción fácil, pero sin perder el rumbo emocional, reflejado sobre todo en los personajes de Ruffalo y Keaton.

El film acoge varias reflexiones en torno a la crisis moral y religiosa que inevitablemente rodea no sólo al grupo de redactores sino a toda la sociedad de Boston, ciega y cómplice frente la corrupción de una institución santificada por sus profundas raíces locales. A este respecto, la figura del periodista se dibuja como la de un guardián social imperfecto, consciente de su enorme responsabilidad ante una historia que tendría que haber visto la luz mucho antes, en ese sentido, el guión no rehúye incluir coherentes dosis de autocrítica. El cualquier caso, quizá la reflexión más incómoda que aporta el film se centra en el problema endémico a nivel internacional de las credenciales morales (y célibes) de la jerarquía eclesiástica. Un tema  tabú que, a pesar de ciertos esfuerzos del Vaticano, resultan a día de hoy aún claramente insuficientes para un conglomerado de la fe que sigue necesitando no sólo modernizarse desde sus cimientos sino aceptar de forma más profunda todos sus (recurrentes) pecados... para no repetirlos jamás.

lunes, 1 de febrero de 2016

Película del mes: La chica danesa

Lo mejor que podría surgir de ver La chica danesa es una conversación sobre la realidad transgénero. Darle visibilidad a un colectivo que aún hoy carece de la necesaria normalización basada en poder vivir como uno es y como uno quiere. Este y no otro es el tema central de este film donde la figura de Lili Elbe se aparece como una de las (desconocidas) heroínas del siglo XX. Su persona, identidad auténtica del artista danés Einar Wegener, va floreciendo arropada por la exquisita ambientación y una estética fotografía centrada en la obra pictórica de éste, paisajes naturales y sus reflejos para hablar de lo que se esconde tras el lienzo y de las raíces emocionales del personaje. Una propuesta visual que va acercándose al naciente Art Nouveau mientras la protagonista va descubriendo su verdadera personalidad, dejándola salir al exterior dispuesta a respirar una modernidad de la que ella se alza como valerosa pionera.

Los detalles, los gestos, el reconocimiento de Einar en los rasgos más arquetípicos de la feminidad, son una profusión de formas, complexiones, olores y texturas que el realizador Tom Hopper se encarga de subrayar en pantalla y que brotan gracias al impecable y soberbio trabajo de Eddie Redmayne, cuyo reflejo de Lili es fruto de una transformación inmersiva en su propia feminidad, una búsqueda introspectiva como actor que demuestra un compromiso sincero con su trabajo. Es en el reconocimiento del cuerpo femenino como propio donde se centra la concepción de la identidad de Lili, y es la necesidad de desprenderse del aparato masculino, expuesto como impedimento sexual y mental, lo que ejemplifica la inadecuación de la biología a las necesidades del alma del hombre, una apuesta formal y narrativa por despojarnos activamente de los disfraces impuestos. “Dios me hizo mujer” es una de las frases más definitivas del film, expresada en un alarde de valentía por su protagonista como el resolutivo resumen de una idea clave adelantada a su tiempo: que su condición no es un error, sino una búsqueda de su auténtica persona, lastrada por un cuerpo que – aún – no la pertenece por completo.

El amor incondicional (hacia uno mismo, y hacia aquellos que nos importan) se plantea así como el gran leitmotiv del film, espacio narrativo donde el personaje co-protagonista de la mujer de Einar, interpretado espléndidamente por Alicia Vikander, se convierte en el pilar que permite a éste mutar en Lili y a Lili convertirse en la mujer que siempre soñó con ser. Parece casi imposible imaginar la historia de Elbe sin el apoyo de Gerda Wegener. Es este personaje, además, el que sirve como segundo conductor del espectador hacia la necesidad de encontrar un contexto propio del ser, donde sentirse reconocido como persona y donde poder ser amado en todas las diferentes formas que el término admite. La amistad de ambos personajes cimenta esta película como ningún otro elemento podría haberlo hecho de forma tan definitiva. La chica Danesa brilla con el poder que otorgan las vidas que merecen ser contadas, ofreciendo otra forma de observar nuestra realidad (no nos olvidemos tampoco de esa joyita de Xavier Dolan llamada Laurence Anyways) que permita a la realidad parecerse más a como somos realmente.
 

 

 

miércoles, 27 de enero de 2016

Recomendación cinéfila: El hijo de Saul

Cuando el director Laszlo Nemes recogió el Globo de Oro que convertía a “El hijo de Saúl” en la mejor película extranjera del año según la Foreign Press Asociation, habló en su discurso de cómo el Holocausto se había convertido en una abstracción, pero que para él, sin embargo, el Holocausto es una cara humana que no debemos olvidar. Quiero pensar que, con esta idea, Nemes quería transmitir que podemos intentar romper la barrera entre los símbolos histórico-culturales y una memoria más cercana a las personas, vinculando el hecho teórico con la realidad. Desenfriar la historia, por así decirlo, sin olvidar el rigor. Más cuando hablamos de algo cercano en el tiempo que, no obstante, ha venido reestructurándose y reformulándose tanto que ha acabado por convertirse, como señalaba Nemes, en algo casi ajeno. Quizá en ese sentido, “El hijo de Saúl” sea no sólo una gran película, una indiscutible opera prima maestra, sino también un film necesario socialmente que desentumezca la impronta cinematográfica del Holocausto.

Así pues, si hay algo que el periplo de Saul Auslander por los entresijos de Auschwitz consigue es, sin duda, introducirnos en ese espacio mortuorio que eran los campos de exterminio como nunca antes se había conseguido de forma tan definitiva. Este film es una inmersión total en un contexto sin salida, agobiante física y psicológicamente donde la huida es la utopía de aquellos personajes que aún no han entendido o no han querido reconocer que ya están muertos. Ahí es donde el protagonista, alrededor de quien brotan los sonidos y parecen reconocerse las formas, es quizá el único consciente de que si existe alguna salida es la de reencontrarse, si cabe, con su humanidad. La brillante apuesta formal del film, que no es sólo profundamente original sino indudablemente inteligente (rodada en 40mm, cámara en mano y con poca profundidad de campo), es la que consigue llevar al espectador más allá de la pantalla, sumergiéndolo en los ruidos y los contextos asfixiantes que quedan fuera de plano y fuera de foco para transmitir el auténtico horror, siempre percibido pero nunca explícito, del que el protagonista no es más que otro engranaje de una maquinaria descomunal y maquiavélica. Los primeros planos, abundantes, hacen que la cara y el cuerpo del protagonista sean la guía del espectador a través de todos los espacios del túnel sin aire, denso e irrespirable, en el que nos vemos sumergidos. Pero es también su mirada, la renovada intencionalidad de su vida, la que hacen brotar (sin caer nunca en el melodrama) una emocionalidad imprevista en un contexto tan sombrío.

En ese sentido, son precisamente los ambientes desenfocados los que permiten intuir que aquello que se escucha es el crepitar de un horno crematorio, algo que refleja la inhumanidad con más acierto que cualquier otra lente. Este arrojo formal es el que transforma el contenido narrativo para mostrar el hábitat de extraña normalidad, casi irracionalmente cotidiana, en la que se movían los overkommandos. Cada vez que la cámara se fija en la espalda de Saul podemos sentir sobre sus hombros el peso de cuatro meses de cautiverio feroz como parte de la Solución Final. Un método de asesinato tan bien calibrado que usaba a sus propios rehenes como policías y trabajadores, facilitadores de la muerte. El film se convierte así en la más interesante interpretación de aquella banalidad del mal de Arendt, aplicada al trampantojo de un sistema diabólico donde los propios presos hacían funcionar su guillotina. Finalmente, es esta, también, una película abierta a múltiples interpretaciones respecto a este padre improvisado, pudiendo racionalizar sus acciones a contracorriente o, sencillamente, decidiendo no intentar entender los por qués producto de un entorno fin de destino donde las características de lo humano han sido tan deformadas que resulta imposible ya definir qué es lo razonable. El hijo de Saul puede ser una metáfora de todo o un ejemplo singular, la práctica de la universalización de estas vivencias es algo que queda en demasiadas manos como para ponerse de acuerdo, por lo que, como la propia película nos recuerda quizá, sencillamente, haya que volver siempre a los rostros, y no olvidarlos jamás.

 

 

martes, 12 de agosto de 2014

Sus 5 mejores: Robin Williams


Robin Williams era magnífico. Muchos de nosotros crecimos viendo sus películas y se le echaba de menos en la gran pantalla durante estos últimos años, aunque había aparecido recientemente en El mayordomo, tenía en post-producción la tercera parte de Noche en el Museo y era el protagonista junto a Sarah Michelle Gellar de la serie de tv The Crazy Ones.  Capaz de transmitir la mayor vivacidad y autenticidad en pantalla, tuvo una vida difícil. Williams será siempre recordado como un gran actor cómico, suyas son las maravillosas interpretaciones de La Señora Doubtfire o de Good Morning Vietnam, pero también era un magnífico intérprete dramático tal y como dejó claro en El Club de los Poetas Muertos o en El indomable Will Hunting. El recuerdo de su alegría y su intensidad acompañaran a los amantes del cine para siempre. En el blog dejamos este humilde homenaje de (unas de) sus cinco mejores películas, de entre todas las veces que nos hizo sonreír y sentir. Se va uno de los grandes.


El hombre bicentenario - 1999
Una de mis películas favoritas y un gran papel para Williams.

El indomable Will Hunting - 1997
Uno de sus papeles más recordados 
y en el que estaba inmenso.

Señora Doubtfire - 1993
Película marca infancias, 
dejaba claro su talento para la comedia y el doblaje.

Aladdin - 1992 (voz)
Aunque en España vemos las pelis Disney dobladas, 
Williams le puse voz al genio de Aladdin en la versión original.

El club de los poetas muertos - 1989
Probablemente su papel dramático más icónico.



domingo, 1 de junio de 2014

Paseo intergaláctico: Star Wars, Interstellar y Guardianes de la Galaxia.

Últimamente parece como si todas las novedades cinematográficas provinieran directamente del espacio exterior, algunas más que otras. En primer lugar Star Wars. Aún me cuesta creerme que vaya a haber una séptima película. He de reconocer que cuando George Lucas vendió su huevo kínder a Disney me eché a temblar, y cuando se anunció la idea de aumentar la saga sólo pude pensar en Indiana Jones y en que es mejor dejar descansar a los iconos. Pero incluso J.K Rowling ha cedido y en un par de años tendremos correteando por los cines un Animales Fantásticos y donde encontrarlos… Dios, sólo espero que sea una buena historia y no una docu-movie para menores de doce. Y, quizá, por una vez podrían elegir a un protagonista de buen ver, aunque creo que eso será pedir demasiado. En fin, volviendo al tema de la galaxia lejana, las buenas noticias es que el rey de las franquicias J.J Abrahams estará a cargo del proyecto, aunque me temo que ello implicará nada de Star Trek en el futuro cercano, es demasiado incluso para él. Lo mejor de todo, no obstante, es el anuncio del cast. ¡Juro por Darth Vader que ha sido el tema más insoportablemente popular los últimos meses! Cada detalle escudriñable, cada avance, cada “Harrison Ford podría estar involucrado” ha dado vida a la red como si no hubiera un mañana. Parecía el fin del mundo si Carrie Fisher, Ford y lo que queda de Mark Hamill no accedían a que la fuerza les acompañase de nuevo. Pero… ¿cómo no iba a acceder? es la mejor oportunidad que se les ha aparecido a ninguno en los últimos 15 años. En mi caso, sin embargo, lo más preocupante era el “resto” del cast. No podían elegir a nadie muy conocido, pero tampoco a caras totalmente ajenas. No podían, ante todo, elegir a Zac Efron, pero tampoco a Ryan Gosling. Ojalá hubieran contratado a Tom Hiddleston, pero la sombra de Loki es demasiado alargada. Lo comprendo. Finalmente el cast cuenta con Domhnall Gleeson, Adam Driver y Oscar Isaac. Estoy tan contenta por Gleeson, estaba excelente en Una cuestión de tiempo y es una cara fresca para la saga. ¿Adam Driver de villano? Brillante. Parece un tipo majo, pero su papel en Girls es tan raro y desasosegante que puedo imaginármelo perfectamente con capa negra y láser carmesí. Y el magnífico Oscar Issac. Si no habéis visto Inside Llewyn Davis es lo primero que debéis hacer, el film de los Cohen es increíble y él está estupendo. Es un gran actor que se merece una oportunidad de llegar al gran público como ésta. Actualizo para añadir las dos nuevas incoporaciones que acaban de hacer públicas hoy (y lo hago, además, con inmenso placer): Lupita Nyong´o y Gwendoline Christie. No quepo en mí de gozo, y es que si el cast estaba falto de algo era de roles poderosos dedicados a las mujeres y qué mejores actrices para renovar la saga que ellas. Están en un momento dulce de su carrera, una como reciente ganadora del Oscar y la otra como uno de los mejores personajes de Juego de Tronos, no obstante, lo que las hace especiales es que no encajan en el manido prototipo femenino del blockbuster americano, sino que representan a la mujer contemporánea:  fuerte y carismática, inteligentes  e independeiente, y, claro, con un enorme talento interpretativo que aportar. Con este cast aún tengo esperanzas de que Episodio 7 sea algo más que decente. Nunca llegué al estreno de la trilogía original pero sí cerré ciclo con la Venganza de los Sith y aquella estupidez de “la altura me da ventaja”. Lo cierto es que no soy de las que odian con locura a Jar Jar Bings (o es Binks?) pero desde aquel episodio volcánico voy siempre con un taburete, por si acaso. Sé que es imposible sentir el mismo hormigueo que cuando Star Wars vió la luz por primera vez, hemos venido tragando demasiada ciencia ficción como para sorprendernos, pero sí que necesito, si quieren que pague por mi entrada, que lo que vea sea un producto serio. Para mamarrachadas ya tuvimos Prometheus.

El otro tema es el tráiler de Interstellar, lo nuevo de Christopher Nolan. Tiene una pinta espectacular. Quiero decir: misterio, trascendencia y espacio exterior + Nolan = interesante como mínimo con muchas posibilidades de apoteósico. Hay quien no es capaz de adorar Origen, pero ese no es mi caso. Son muy fan de la obra de Nolan, aunque el hype del Caballero Oscuro no ha venido cegándome. Es una certeza que Interestellar promete mucho, espero que esté a la altura de las circunstancias. Lo único que me mata sin remedio es el nuevo Mejor Actor de América, Mr.Pectorales Mathew McCoaunghey. Entiendo que ese acento le ha venido funcionando en Dallas Buyers y True Detective, pero ya-basta. No más. Por favor, ¿es demasiado pedir que vocalice? Me temo que sí. Finalmente, para cerrar con buena boca, otro tráiler. En este caso el de Guardianes de la Galaxia. No sé vosotros, pero yo estoy MUY emocionada. Puede que sea por Chris Pratt… y es que como idólatra de las Chicas Gilmore jamás pensé que este chico pudiera desprender tanto swagger, pero aquí estamos. No soy una fanática de los comics, ni apoyo sin condiciones la oleada de superhéroes, pero disfruto de la mayor parte de ellas (sólo se me atraganta el reboot de Spiderman, ejem) y he de decir que esta propuesta de Vengadores-Firefly con dosis de comedia, acción y (aparentemente) una buena historia me provoca buenas vibraciones. Pronostico éxito apoteósico para este agosto.


 

sábado, 26 de abril de 2014

Críticas 2x1: Frances Ha + Laurence Anyways.

Dándole vueltas a películas donde uno aprecia la empatía de los guiones porque apelan a realidades de los espectadores, a pesar de que el planteamiento inicial pueda parecer poco propicio a las comparaciones, me encontré pensando en dos joyitas que he visto recientemente. La primera aún está en cines: FRANCES HA, la última creación de Noah Baumbach protagonizada por la musa indie Greta Gerwig que también co-escribe el guión. La segunda es LAURENCE ANYWAYS, obra clave del realizador Xavier Dolan, y que este mes se puede disfrutar en el Cine Doré de Madrid en el contexto de la programación de la Filmoteca Española.

FRANCES HA es una película triste y vivaz a la vez, Frances Ha es una tragicomedia sobre la vida corriente. Frances Ha habla sobre la crisis de identidad que supone crecer, madurar y luchar por obtener la vida que queremos.  Frances Ha habla sobre la cotidianidad que habitamos y nos sumerge entre los blancos y negros de un NY decadente,  que destapa el postureo de la juventud y la dificultad de alcanzar una independencia liberadora, porque Frances Ha también es una metáfora de los claro-oscuros urbanos. Pero sobre todo, Frances Ha es una historia sobre la amistad entre dos mujeres perdidas en la incongruencia de un mundo, donde tu vida está predicha por unas ecuaciones donde es difícil encontrar tu propio lugar.  Pocas veces el mumblecore ha tenido tanto sentido.
 

LAURENCE ANYWAYS es una historia de amor. Estéticamente inteligente, sobrecogedoramente poética y emocionalmente arrolladora, su impacto cinematográfico es indudable. La banda sonora es una profusión auditiva de sentimientos internos acorde con una época donde la moda parecía hacer posible llevar el alma cosida sobre la piel y, sin embargo, la sociedad de entonces (y la de ahora) no era capaz de aceptar que hay quienes no se sienten a gusto dentro de su propio cuerpo y tienen el derecho y la necesidad de mudar dicha piel hasta reconocerse en el espejo. El acierto del film es vertebrar la narración en dos personajes brillantes y en los lazos que les arrastran hacia las mayores heroicidades y los errores más trágicos, preguntándose constantemente sobre el proceso de identidad de todos nosotros y de a cuánto estamos dispuestos a renunciar por ser quienes verdaderamente somos.