domingo, 27 de octubre de 2013

Peículas que aún puedes ver (en el cine) si... "Te gusta lo poco convencional"


HOLY MOTORS

Puede que el talón de Aquiles de esta película no se encuentre dentro de la película; sino que provenga del exterior, al padecer el apoyo de una crítica siempre avocada a valorar con elogios extremos aquello que se sale de los cauces, incluso aunque descarrile. Holy Motors no es convencional, pero su director, Leos Carax (Les amants du pont neuf, Pola X), tampoco lo es. De hecho, nos encontramos ante una película en la que debemos de confiar en nuestro sexto sentido cinematográfico; ese que se puede dejar engañar por la lógica mientras el espectador está ante la pantalla, pero que será capaz de encontrarle el sentido a todo una vez está en casa.

Por esa razón, el film produce un estado de bipolaridad; por un lado es excesiva, narcisista, desproporcionada y demasiado autoconsciente de su supuesta carga artístico-intelectual. De ahí que cueste hilar una historia con otra - al cabo, no hay relación que valga más que la del Arte con mayúsculas. - Por otro, puede resultar evocadora, original, y de una belleza estrambótica tan imprevisible que produce una sensación de frescura poco común. No obstante, la falta de límites resulta un tanto forzada, al fin y al cabo, sí existen: todo tiene que ser tirando a feo, tirando a surreal, y sí, a veces algo tonto y un poco incómodo... hasta acabar viendo a Kylie Minogue cantando en el sumun del histrionismo más absurdo.

Eso sí, por mucho que ésta sea otra película "rara", cuyo protagonista va en una limo de aquí para allá cruzándose con situaciones y personajes peores que él, Holy Motors no es una crítica social, ni política, ni pretende en cierta medida impresionar al personal con lecciones de moral, tal y como ocurría con la recientemente estrenada Cosmópolis. No, Holy Motors es, a la postre, una oda al cine y a todo lo que este escenifica (la vida, la muerte, el amor). A la expresión del arte y la actuación llevada al límite. La esencia de este film, que se ve liberado en la noche, es la interpretación. La magia del disfraz y la mutación llevada al extremo. Con un protagonista (fantástico Denis Lavant) que va desgranándose a medida que avanzan las actuaciones en las que se sumerge, y que resulta tanto presa como adalid de su trabajo. Por eso, Carax se pregunta - y nos pregunta - si no acaba la persona por desaparecer en su afán por convertirse en el personaje, abandonando su vida real y su definición personal. Y lo hace, además, para acometer un trabajo cada vez más devaluado.

La cuestión se decide cuando el director deja en manos del espectador entender esta diatriba. Carax tan sólo nos sumerge en el cine dentro del cine como pista y luego nos deja a nuestro libre albedrío vagando en su mundo de hermosa fealdad, plagado de frikis, desarrapados, bestias, bellas y mucha soledad. Porque a eso se ve avocado el actor, a la soledad de quien personifica otras vidas y vive de la invención. Al cabo, esta es una de las muchas interpretaciones que se le pueden dar a la andanza de un hombre de un papel a otro y que desemboca en una de las partes más hilarantes del film, esa conversación entre "motores" tan banal como el mundo en el que se mueven.

Película del mes: El Hobbit - Un viaje inesperado.

 
Lo que hay que tener claro cuando se disfruta de 'El Hobbit', es que no estamos ante una fantasía épica, como ocurría con el 'Señor de los Anillos' (aunque provenga también del imaginario de Tolkien); sino que nos encontramos con una película de aventuras en toda regla, ambientada en el mundo imaginario de la Tierra Media, y con sus contadas pero evidentes reminiscencias y conexiones con la mítica trilogía de la que se sitúa precuela.

Partiendo de este dato, 'El Hobbit' es un gran viaje. Grande en el sentido de bueno, largo y epopéyico en su estructura. El único delito de Jackson es el de la avaricia. Querer convertir las desventuras de Bilbo Bolsón en una narración cinematográfica de 3 volúmenes no puede responder sino a un afán lucrativo tirando a desdeñable. Pero una vez ratificado este hecho, la división de este viaje inesperado en tres partes proporciona al cineasta tiempo para recrearse en los detalles y le permite ser tan grandilocuente como quiera (y como siempre ha tendido a ser). Y también, por lo tanto, su longitud regala al espectador cadentes y extraordinarias visiones de paisajes neozelandeses, escenas naturales de carácter épico (véanse las águilas), grandísimas y entretenidas dosis de acción perfectas para el 3D; y coherentes y afables introducciones de los personajes, en los que se puede ahondar en profundidad y con precisión.

Además, gracias al formato cinematográfico, el que ha sido lector de 'El Hobbit' antes que espectador, puede, ahora sí, ponerle rostro, figura y genio a los carismáticos enanos. Y puede, también, encariñarse con ellos. Éstos vertebran una película encabezada por tres personajes que se complementan entre sí: el simpático Bilbo Bolsón (de Bolsón Cerrado), el estupendo mago Gandalf y el enigmático enano Thorin, interpretado de forma excelente por el inglés Richard Armitage ('Norte y Sur, Robbin Hood'). Este trío es el que saca adelante una historia con calado emocional (y su toque siniestro: el querido y odiado Gollum), pero que a la postre es, como en todo buena saga de aventuras al uso, más una comedia plena de acción, que un drama fantástico como el 'SDLA'. Ligera y divertida, así como intensa y trepidante cuando lo necesita, El Hobbit nos permite regresar a la entrañable comarca, en la que Jackson se recrea; y mediante la que profesa de nuevo su incondicional amor a la obra de Tolkien. Se recupera también la magnífica música de Howard Shore, que revitaliza lo que ya hemos escuchado, vuelve con viejos clásicos y crea para la ocasión una melodía dedicada a los enanos de extraordinaria belleza (una pena que la canción haya sido traducida).

Por lo tanto, bien es cierto que puede que a 'El Hobbit' le cueste empezar (ya sabemos que a Peter Jackson le encantan los múltiples principios y los múltiples finales), y que tiende a resultar un pelín larga. Pero esta nueva puerta a la fantasía desbocada de Tolkien es una armoniosa aunque descompensada fábula, con todos los detalles para que uno disfrute plenamente de los encantos de la Tierra Media sin el desasosiego de la pregunta: ¿conseguirá Frodo deshacerse del anillo?

De óxido y hueso: la trágica belleza de Marion Cotillard.

Jaques Audiard debe de amar inmensamente a Marion Cotillard - cosa que, dicho sea de paso, no resulta muy difícil de conseguir- pues con De Óxido y Hueso le ha regalado un papel de esos que definen carrera. Y a cambio, la actriz ha respondido con uno de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. Una actuación de tal belleza y sensibilidad que eclipsa, sin mucho esfuerzo, al resto de una película cuyo principal acierto es el de convertir lo común en una imagen lírica y poética. Pues, a parte de Cotillard, la ferocidad narrativa de sus piernas y el dramático amor que se susurran ella y la orca a mitad de cinta, poco más posee la fuerza narrativa suficiente. No hay, en De óxido y Hueso, nada que no hayamos visto antes. Aunque el film, y es de agradecer, no intenta dar lecciones de vida, sino contar una historia. Es una fina línea la que cruza el abismo entre ambas visiones y pocas veces surte efecto en el cine USA; pero el director francés ha sabido dibujarla mediante un excelso trabajo de cámara. Ésta, es capaz de llevar al espectador hasta la ingrávida sensación que produce la mirada del cineasta, y su elocuente guión, sobre cuestiones más bien tirando a tristes y a feas. A gente muy perdida, y muy sola.

No obstante, a la postre la cinta se sustenta en los ojos de Marion Cotillard, en su maravillosa presencia y en su naturalidad. En su cualidad innata para despojarse de todo brillo, de todo arreglo cinematográfico para embellecerla, y aún así ser capaz de resplandecer como nunca. De ocupar la pantalla en su totalidad y de llenar al espectador con su intensa historia. Hay que agradecerle a Audiard que haya sabido dirigirla, y hacer que la cámara le diera todos y cada uno de los planos que merece; haciendo que su personaje, además, transite por su miseria de una forma humana, que es algo más parecido a la tragicomedia que al drama más certero. Y es que la vida, a veces, no es sólo cuestión de fortaleza, sino de encontrar a alguien en quien apoyarnos para coger fuerza. Aunque al final, siempre habremos de ser nosotros quienes volvamos a zambullirnos de lleno y de cara en las olas. Puede que sea ahí, en el lento desenlace de la cinta donde Audiard pierda la fortaleza y juegue una baza de sentimentalismo trágico y gratuito que desmerece, en cierta medida, su esfuerzo, precisamente, por no caer en lo sensiblero. De óxido y Hueso podría ser, salvando las odiosas comparaciones, el reverso "romántico", poético, duro y certero de Intocable, ese boom, también francés, que acaparó público por los cuatro costados. Sin embargo, lo que se narra en el film que nos ocupa no cae en el tópico de la superación como esencia, sino que intenta, y consigue, hablar de dos personas que se encuentran y que cargan a sus espaldas los equívocos y los vaivenes. Dos personajes que han perdido el equilibrio y se sustentan entre sí. Yo, no obstante, puestos a elegir entre ricachones desvalidos y heroinas de calle, me quedo con el carisma de Cotillard, que no puede irse a hacer parapente a los Alpes para superar sus penas, pero "los tiene bien puestos".

Recomendación cinéfila: El Capital

 
Las cosas están mal. Y es para asustarse cuando uno puede ver la película Network del gran Sidney Lumet, filmada en 1976, y sentir su vigencia de forma contundente ante ese magnífico y acalorado discurso en directo protagonizado por Peter Finch.

Con El Capital ocurre lo mismo. Y ocurre ahora, a 30 de noviembre de 2012. La diferencia es que esta película versa íntegramente sobre el tema de la banca y se hace directamente partícipe del caos actual, aunque se sitúe narrativamente antes de que - en palabras de su personaje clave - todo caiga. El protagonista de la película es Gad Elmaleh (sí, ese actor de ojos saltones que solía hacer comedias) y el cuál se zambulle en una trama que destapa, mediante una sátira y una crítica descubierta de enorme belleza, perfecta factura y mensajes económicos y sociales para despertar el horror; todo el nepotismo, las irregularidades, la mafia, los tejemanejes, la podredumbre y la mentira que envuelve al mundo financiero en general. Al mando Costa Gavras, un director siempre interesando en esto de "las películas comprometidas" y que se tira también a la piscina con ímpetu de gritar verdades con el refinamiento de un film made in Hollywood.

El lema de "seguir robando a los pobres para dárselo a los ricos" es una máxima que desfila sin prejuicios, dando la cara, casi con orgullo, durante toda la película. Dejando, si cabe, más al descubierto ese pozo de negrura y ambición que es el dinero en sí. Y es que Gavras sitúa al vil metal como el auténtico amo de todo el asunto. El cual se retroalimenta mediante aquellos que forman parte del juego en las altas esferas; siempre a merced de sus propios instintos caníbales; y claro, también de aquellos a los que - de nuevo en palabras de personaje - "les joden 3 veces", es decir, a nosotros. A la plebe. A los que corren el riesgo sin poder medir las consecuencias, ni cuentan con la opción de buscar un salvavidas. Lo único que dejan últimamente abierto son las ventanas, por las que antes - allá por el 29 - caían banqueros y ahora, tristemente, caen personas. Porque uno no puede vivir en este mundo actual, ni salir de ver esta película, sin palpar la gravedad extrema de todo este asunto. Sin sentir la impotencia de no poder desenmascarar a quienes sacrifican el todo por el todo y lo lamentable de vivir en una sociedad donde la moralidad cívica hace ya tiempo que pareció irse en el primer tren que pasaba.

De todas formas, en este film hay que hilar fino, no dejarse engatusar por un protagonista que puede querer imitar a Robin Hood, pero no al de los bosques, sino al de los despachos de cuero. Y ahí reside la genialidad de la cinta, en que todo y todos, al 100%, están vendidos. Y es que ¿hay algo peor que seguir siendo parte del juego, aunque sepamos que está mal? La respuesta es no, y que nos da igual. Eso es, al menos, lo que dirían banqueros, empresarios de grandes fortunas e inversores sin escrúpulos. Que no (les) importa.

Con una estética depurada, una fotografía plástica y fría, de la misma tonalidad que un cielo gris como el que se cierne sobre Europa; Gavras ofrece un discurso sin censura, de frente, pero haciendo uso del mismo vocabulario de aquellos a los que critica. Porque así se ve todo mucho mejor. Desde dentro. Y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, deja que grandes y aplastantes raciocinios de la clase "gobernada" salgan a la luz. De hecho, para la memoria quedarán las escenas de la comida familiar y de la sala infantil, donde las generaciones del futuro son representadas como sujetos alienados por un mundo dirigido por jugadores de póker sin escrúpulos. Y cabe preguntarse ¿no hay futuro? ¿sirven de algo estás películas? La realidad depende de tantos factores que es como jugar a la ruleta, pero algo está claro:
estas películas se necesitan.
Y es que El capital es excelente no, excelentísima. Y debería verla todo el mundo.

Desgraciadamente no podemos olvidarnos de aquello de que "la banca siempre gana." Aunque también hay otro refrán que dice, "todo lo que sube... baja." Y es que, volviendo al principio del artículo, ¿no os entran a vosotros también ganas de convertiros en Peter Finch y gritar eso de:
¡Estoy furioso y no pienso aguantarlo más!A mí sí.

Escena de Network:

http://www.youtube.com/watch?v=8kyMXiEJWXo

Festival 4+1


Ayer miércoles 21 de noviembre comenzó el Festival 4+1 de cine, el cual se prolongará hasta este domingo 25. Promovido y organizado por la Fundación Mapfre, se realiza simultáneamente en cinco emplazamientos distintos de todo el mundo: Bogotá, Buenos Aires, Ciudad de México, Río de Janeiro y finalmente Madrid. En la capital española ya se puede disfrutar de un extenso e interesante programa cinematográfico en los cines Golem, y a través de la plataforma de cine online FILMIN.
La idea del festival es la de llevar al circuito comercial el cine de autor más reciente, mediante la exhibición de películas que han participado o han sido incluso galardonadas en algunos de los más importantes certámenes cinematográficos. Además, durante la duración del Festival se producen otros actos culturales relacionados con la presencia de importantes figuras del mundo del cine; y los que ocurren al otro lado del charco se pueden disfrutar también en streaming en la página web del festival.

El 4+1 de este 2012 se inauguró ayer con la película Amour del realizador Michael Haneke, la cual se podrá ver esta noche de nuevo a las 21 horas. Al igual que otras joyitas como la estadounidense Bellflower, la apocalíptica obra de Abel Ferrara con Willem Dafoe 4:44, la iraní Goodbye o la franco-belga La folie Almayeur que se podrán descubrir y disfrutar a lo largo de estos días o vía online.

Skyfall: 50 años de James Bond.

La nueva entrega de James Bond tiene una doble función, por un lado cierra ciclo, y por otro, renueva el futuro de una saga que está de celebración - Cumple 50 años - y que pretende continuar por otros tantos. Y es que si bien en Casino Royale Daniel Craig se inauguraba como un agente 007 enamorado y en Quantum of Solace exploraba los entresijos de la venganza, en Skyfall el hombre con licencia para matar se vuelve nostálgico y lidia con el tema de la familia, los orígenes, las lealtades y todos esos sentimientos que se cuelan entre balazo y balazo; mientras va dejando deja abiertas las puertas suficientes para oxigenar el ambiente.

Bond, James Bond, había sido siempre un agente de esmoquin sin mácula a quien no le importaba mancharse las manos, pero cuya fachada siempre quedaba impecable. Martini, estilo con la pistola y mujeres, muchas mujeres. Ese es el icono, y luego están sus múltiples reinterpretaciones. Sus idas y venidas, sus bajones... y sus éxitos. La llegada del rubio y musculado Craig supuso un punto de inflexión, 007 se humanizaba, sangraba, sufría. Algo que ya habíamos intuido con lo último de Pierce Brosnan, pero a lo que se daba rienda suelta en la película con título de casino. Y aunque los matices de icono seguían intactos, Vesper Lynd conseguiría un imposible: romper un corazón que pensábamos estaba hecho sólo para el goce superficial. Y ni mucho menos, Bond siente, padece y en el caso que nos ocupa, sabe perderse en la oscuridad que explora la última entrega del agente británico.

Skyfall es una vuelta a los orígenes, pero no de la forma que uno podría imaginarse. No se trata de una vuelta al pasado del mito, de reincidir y exaltar las características más obvias, sino, literalmente, de sacar a la luz los entresijos del origen de Bond. Y sobre todo, explorar su relación de amor-odio con M, una Judi Dench que encabeza un reparto de excelentes actores británicos veteranos (Ralph Fiennes, Albert Finney, Helen McCrory) y no tan veteranos (Ben Wishaw). E incluyendo a un par de bellezas como Bérénice Marlohe y Naomie Harris: las chicas Bond de un film que no las explota demasiado como mujeres objeto, dejándolas hacer su papel , mientras flota en el aire esa tensión sexual no (siempre) resuelta. Todo de la mano de un americano: Sam Mendes, quien ha sabido conjugar lo más british (Londres es otro personaje más) con lo más 007. Mezclando una fotografía preciosista, (esa profusión de luces, claroscuros y reflejos es, sencillamente, sublime); con escenas de acción magistrales (ese tren de recorrido imperturbable y peligrosísimo) y una interesante cantidad de gags y memorabilia cinematográfica que
deleitaran a entendidos en el agente más classy del MI6.
Lo único que pasa con Skyfall es que tiende, más que a desinflarse, a mutar. Y después de una mitad y cuarto impecable, se transforma en una película policiaca, al estilo de cualquier novela de Camilla Lackberg. Auspiciada en la ingente belleza de las Highlands, la película muda el género hasta intercambiar lo clásico (escenas de rocambolesca acción) por algo más intimista, es decir, secuencias de gran dramatismo, ambientes oscuros y lacónicos, y escenas de acción al uso donde la pirotecnia se utiliza más como recurso fotográfico que como exhibición de un Bond en su propio proceso de camaleónica - perdón por la repetición - muda de piel. Un Bond que, quizá un tanto al estilo de los nuevos anti-héroes de la generación actual, no está en plena forma, se replantea sus ideales y su forma de vida, para acabar dinamitando sus ataduras y nacer reforzado del mal trago. Todo esto, eso sí, sin hurgar demasiado en la herida, es de Bond, al fin y al cabo, de quien estamos hablando.

Skyfall, en cualquier caso, exuda por cada poro un amor por el personaje, por el icono y por la pervivencia de un estilo que es envidiable en otras sagas; y que se ha conseguido hacer manteniendo intacta esa elegancia de impronta clásica que ya es marca de la casa. Si no, sólo hay que fijarse en cómo la voz de la magnífica Adele encapsula el medio siglo de pervivencia de un Bond más vivo que nunca. Y es que aunque corren tiempos oscuros y un villano amanerado, vengativo y psicótico (encarnado de forma brillante por Javier Bardem) anda escondido entre las sombras, hay una actividad que a 007 se le da muy bien, y esa es la de resucitar, morir otro día. Porque una cosa está clara, James Bond...
volverá.

Cosmpolis: El mundo en una limusina.

Se me ocurren dos opciones: 1, que la nueva y resonante creación de Cronemberg sea tan intelectual que se situé por encima de todos nosotros, seres terrenales, y uno no sea capaz de abstraerse y alcanzar a entender de qué narices va. O 2, que todo sea pura ilusión, y que realmente no haya por donde coger su errático ritmo y su pedantería sintética.

No obstante, esta película no se puede desdeñar, la calidad está ahí y nos recorre (en forma de esquiva u omnipresente curiosidad) al igual que lo hace la insatisfacción crónica de la que huye el protagonista, internándose en la locura y destapando las miserias de su propia vida. Una carrera en busca de emociones que no le producen nada, preso de una alegórica insensibilidad, metáfora de este siglo XXI en el que vivimos, en plena carrera por conquistar un tiempo sin dueño, y encarcelados en una idea de libertad manufacturada por quienes manejan un cotarro que les aburre.

La falta de certezas de un Pattinson en estado de gracia, es la gota que colma el vaso de un personaje entre personajes, a cada cual más variopinto, pero que conocen (y se someten dócilmente) a su lugar en el mundo. Mientras, Cronemberg juega a reunir una serie de cortos (de impecable fotografía, música intermitente y actores miméticos y transparentes) usando como 'leitmotiv' a un multibillonario en una limusina encapsuladora de las maldades y los logros de nuestro tiempo, un tiempo que parece estar en las últimas, siempre perseguido por el peligro inminente de su propia extinción, y el cual... ¿busca su salvación? 'Cosmopolis' plantea tantas preguntas como huye conscientemente de las respuestas directas, dejando que la carga moral e intelectual de sus diatribas se diluya entre los chocantes bandazos de un héroe despreciable por su falta de encanto. Su carisma raya en la estupidez de quien carece de una vida propia. Basada en una novela de Don Delillo clave de la contemporaneidad literaria, 'Cosmopolis' es tal ida de olla que resulta fascinante. Y hay que enfrentarse a este hecho: mientras se ve, el espectador hace un esfuerzo por no huir de la sala. Y cuando se ha visto, su cabeza no para de volver allí, porque entre tanto surrealismo, se fragua una suerte de insanidad muy real.

Críticas 2x1: Adiós a la reina + Si de verdad quieres.

Ciertamente, 'Adiós a la reina' y 'Si de verdad quieres' no podrían ser dos películas más diferentes. La primera, de factura francesa y proyectada prácticamente sólo en los circuitos de versión original, cuenta la historia del desamor de María Antonieta desde la mirada de la servidumbre. Mientras que la segunda, una tragicomedia mainstream de Meryl Streep, narra las desavenencias de un matrimonio americano en crisis. No obstante, ambas comparten tanto la mirada femenina como la tragedia de la soledad como tema central.
En 'Adiós a la reina' encontramos a una espléndida Diane Krüger quien, sin embargo, aparece más avejentada que nunca para representar a una Antonieta presa del desamor, la edad, la desesperanza y el derrotismo ante una vanidad sin seguidores. El de la actriz Lea Séydux es, en contrapunto, un personaje lleno tanto de una firmeza arrolladora como adolecente de un amor por la reina francesa que llevará hasta sus últimas consecuencias, convirtiéndose, en el fondo, en el último ensamblaje de un sistema que se estaba desgajando desde dentro. La película goza de un don para provocar la inquietud y la fatalidad mediante una clarividente poesía cinematográfica, la cual resulta, eso sí, un tanto lenta. Llena de un lírico tragicismo, este adiós al Antiguo Régimen nos muestra los entresijos emocionales de los últimos días de María Antonieta, pero también el penoso declive de una casta en extinción. Y al hacerlo, se convierte en una cinta que encuentra en la problemática actual un buen espacio junto al que reflexionar sobre las crisis políticas, sociales y sentimentales.

En contrapunto, en Si de verdad quieres nos encontramos con un relato de autoayuda filmado. Una cinta, ésta, que podría haber ganado de haber sido rodada en un entorno de menor presupuesto y mayor sensibilidad contextual, y que aunque consigue alejarse de la esencia de rom-com para adultos que quiere vender (al estilo de las últimas protagonizadas por Diane Keaton) debería de haberse centrado en ensalzar sus mejores atributos, es decir: su naturalidad ante el sexo, su sinceridad sobre la soledad, y las magníficas dotes de dos brillantes actores que ya han pasado la cincuentena como Tommy Lee Jones y Meryl Streep. Centra demasiado la carga cómica y conceptual en las relaciones físicas de la pareja, cuando en realidad el guión despliega pinceladas que van mucho más allá de lo sexual, adentrándose en la necesidad de re-encontrar la intimidad y la afinidad. En ser capaces de sentir la vida en vez de limitarse a vivirla como una sucesión de días. Y habría, quizá, de haber criticado con más dureza las concesiones un tanto "machistas" del personaje masculino, por mucho que lo enmarquen dentro de la dinámica de la tópica familia americana. En cualquier caso, se agradece mucho ver en pantalla tal falta de complejos para hablar de temas (y edade

A Roma con amor: La ciudad eterna vista por Woody Allen

Tras varios años disfrutando de Woody Allen se llega a la conclusión de que resulta imposible comparar todas sus películas dentro de la montaña rusa que resulta su filmografía. Las tiene clásicas ('Bananas', 'Toma el Dinero y Corre'), brillantes ('Annie Hall', 'Manhattan', 'Match Point', 'Midnight in Paris'), olvidables ('Conocerás el hombre de tus sueños'), malas de necesidad ('Vicky Christina Barcelona') y otras que se caracterizan por situarse en el medio, por tener un cierto toque kitch, romántico o histriónico que las cataloga como películas agradables (incluso interesantes) de ver, pero que no entran en el club selecto del director. Eso es, películas como 'A Roma con Amor', una suerte de Manuale d´amore cargado de grandes dosis de dialéctica intelectual y crítica sarcástica. Es otro de sus regalos Europeos, una dedicatoria a la cita eterna, su encanto, su belleza y su música, huyendo de reflejar tópicos exagerados pero sin regalar personajes auténticos, naturales, con alma. De hecho, de entre unas cuantas historias banales y algo simplonas consigue que la suya, la del ex director de ópera retirado, su mujer y la ducha, sea la que contenga el filón, las mejores conversaciones, y sea la que obsequie (revolviendo en la esencia de aquella comedia de principios de su carrera) al mejor Woody Allen. Lo cierto es que el resto de actores, tanto italianos como americanos, brillan poco, exceptuando la gestualidad de Benigni (y su inspirado vapuleo al mundo de la fama) o la sátira irónica de un renovado Alec Baldwin. Roma pues, se propone como un lienzo donde encontramos cuadros interesantes o divertidos, de los que querríamos conservar, y otros rápidamente vendibles; generando un film desigual pero no desdeñable. Una comedia light, pero con encanto, que podría haberse convertido en algo soberbio si Allen, esta vez sí, se hubiera cedido todo su potencial a sí mismo y hubiera hecho pleno uso de aquello que más le caracteriza: el ingenio del absurdo filmado en palabras.

Brave: Mérida, la princesa del s.XXI

En Pixar son gente inteligente, han sabido llevar el cine de animación a otro nivel y han conseguido regalar joyas (ciertamente más cercanas a dibujos para adultos) como UP. Por esa razón: es decir su inteligencia narrativa, la brillantez de sus propuestas y la delicadeza con la que tratan sus producciones, no es de extrañar que justo antes de ver BRAVE, el espectador tenga el placer de disfrutar de "La Luna". Un corto extraordinariamente preciosista, tierno y con una propuesta visual original y a la altura del largo que vamos a ver a continuación. Lo dicho, en la compañía del flexo saben lo que hacen, ya se han ganado al espectador incluso antes de que empiece el film.

Y es que Brave es un golpe de frescura por varias razones. La primera y quizá más importante, es su protagonista, Mérida, una chica aguerrida, independiente y sí, al fin y al cabo una princesa, pero del siglo XXI. Pixar ha remodelado el clásico de castillos y damiselas para convertirlo en una comedia de tintes épicos (esa Escocia de druidas y paisajes artúricos) sobre las relaciones familiares, las diferencias generacionales y la modernización de las tradiciones. Le ha dado el arco (y así, el poder) a una chica normal, con ansias de tomar las riendas de su vida, alguien que quiere forjar su destino a su manera. Al fin y al cabo, contar su propia historia. Y en ese sentido, Pixar la ha narrado mediante personajes de carne y hueso pixelados, aunque no haya sido capaz de huir de la figura del animal como parte primordial de sus autoconscientes fábulas de fauna humanizada y cantarina. Además, en Brave también se diluye el tópico del "amor pasional" como impulsor de la narración. De hecho se ridiculiza, y se ensalza, en contraste con esa compleja etapa del
despertar adolescente y del enfrentamiento paterno filial que distribuye con la gracia suficiente como para no resultar edulcorada.
La primera mitad del film, que resulta ser un bien medido prólogo, se usa con astucia para entablar una conversación sobre la libertad y la magia (la fe y todo aquello que nos sobrepasa); dejando que la maravilla del dibujo de personajes y paisajes fluya como nunca. Para pasar a un segundo compás mucho más enrevesado, cómico y surrealista. En cualquier caso, en todo momento queda claro que Brave es un alarde visual de altísima calidad. El tratamiento de los tejidos y del cabello goza de un realismo casi tangible y la belleza de Escocia ha sido capturada de forma magistral, recreándose en el cautivador encanto del bosque salvaje y las montañas de un paraje que aún produce fácil fascinación en los ojos del espectador. Hay algunos hilos narrativos que podrían haber dado más juego y que se sienten un tanto desaprovechados (la leyenda del "otro" oso) o la sensación de que los marcos geográficos se reiteran (castillo/bosque), no obstante la película es capaz de sorprender, y a la vez sabe mantener los mejores retazos del género cinematográfico en el que se mueve. Dándole siempre, eso sí, el protagonismo a una princesa con nombre de capital romana que parece alzarse en el podio de las mejores heroínas del cine. Al fin y al cabo, este último regalo de Pixar está co-dirigido por una mujer (Brenda Chapman). ¿Coincidencia?

Prometheus: la ofrenda fallida de Ridley Scott

Cuando no se para de repetir que una película como la que nos ocupa bebe de los mismos cimientos, pero que se dirige hacia otras dimensiones y quiere separarse de catalogaciones que la tildan de 'precuela' de Alien, se tiene toda la razón. Aunque, inevitablemente, e incluso de forma autoconsciente, los productores, el director y el 'cast' entero sabían bien que Prometheus carece de sentido sin un Alien al que relacionarlo. Principalmente porque la citada película y comienzo de una de las trilogías más míticas del cine, fue un hito que influyó de forma evidente en el cine 'sci-fi', en la visión de las heroínas cinematográficas y en el cine en general. Alien marcó un antes y un después, y a Ridley Scott le entraron ganas de volver, y además, ¿por qué no? quiso hacerlo trayendo consigo una ingente carga de profundidad metafísica, religiosa y filosófica para desarrollar una astronómica diatriba sobre la humanidad, sus orígenes y todo lo que pudiera ofrecerse en el espacio intergaláctico. Y es en esta última frase donde se halla la auténtica tragedia de esta película con nombre de Dios atormentado: Scott ha metido "todo" lo que se le ha pasado por la cabeza en un guión notablemente bien facturado pero que carece totalmente de cualquier atisbo, ya no de verosimilitud, sino de sentido. Hace todas las preguntas y no da ninguna respuesta. Y no porque quiera dejarlas en el aire, sino porque no puede. Lo intenta, pero este film tan bien publicitado, no consigue ni entenderse a sí mismo. Se queda en el aire, flotando en la anti gravedad y dejando allí a un gran elenco de protagonistas que no saben a dónde van ni por qué y cuya autenticidad queda siempre en entredicho al carecer de una buena narrativa que les apoye o de una auténtica tridimensionalidad que los sostenga. Se salva de la caía al vacío un excelente Michael Fassbender, de lo poquito que puede aportar una cierta cantidad de interés a este desfase de ciencia ficción, donde aparecen todo tipo de bichos sin medida y donde todo lo que ocurre parece un extenso prólogo que nunca llega a nada. Por no servir, no sirve ni para explicar con cordura, inteligencia o paranoia fílmica el nacimiento del parásito más famoso del cine. Eso sí, Scott sabe mantener una tensión y un desasosiego constante dentro de una estética depurada y moderna, algo así como una metáfora fallida de aquello que un día le encumbró como un director de gran valía.

The amazing Spiderman: una araña que no deja huella.

Desde un principio la noticia de una nueva versión de Spiderman sonaba a precipitado y a un sin sentido cinematográfico si se pensaba en algo más allá del impulso monetario que hoy parece mover las grandes empresas del celuloide. No obstante, dos elecciones cuanto menos particulares habría cierta esperanza de que lo innecesario se convirtiese en una propuesta novedosa. De que, quizá, el 'reboot' de la araña fuese capaz de aportar frescura al omnipotente tótem del cine de superhéroes actual. El director indie de 500 Días Juntos Marc Webb se haría cargo de la dirección, mientras Andrew Garfield, hasta el momento un desconocido actor que pronto brillaría en La red Social, sería el nuevo protagonista. Sin embargo, parece que la influencia del primero ha sido insuficiente y la del segundo ha quedado geométricamente reducida, sin irradiarse al resto de la cinta.

Y es que 'The Amazing Spiderman' parece ratificar el efecto 'Caballero Oscuro'. De alguna forma Sam Raimi es para Marc Webb lo que Tim Burton ha sido para Christopher Nolan, es decir: representantes de la versión más cuasi caricaturesca y comiquera del héroe volador, frente a la figura del nuevo héroe torturado, complejo y remachado a golpes de realidad. Claro que, a la postre, las comparaciones son odiosas. Nolan ha redefinido un género y Webb ha intentado atraer a su terreno un tanto por ciento de esa esencia a realismo sustancial. Porque lo cierto es que el héroe bonachón ha muerto. Spidey ya no será nunca más el tonto del barrio, ahora es un 'outsider', un 'teenager' torturado y osadete que se monta en su skate y que aún estando un rato perdido, verdaderamente quiere ponerse las mallas. En los ojos del nuevo Spiderman no hay lugar para la duda, el quiere repartir leña. Y además es inteligente,
un tirillas con gancho, al que Garfield se ofrece como actor capacitado para poner en pantalla toda esas posibilidades multifacéticas de las que Maguire carecía.
El asombroso Spiderman está entregado a la causa del auto-influjo moral, y si bien el anterior se laceraba a base de intentar no ser descubierto, el nuevo lo hace exponiéndose tanto al público que las consecuencias siempre llevan a la irresistible teoría del: si peleas lleva máscara, porque alguien siempre sale perdiendo y suele ser alguien a quien quieres. Marc Webb ha basado su re-nacimiento en una propuesta que transpira conciencia de autor y quiere ahondar, quizá incluso demasiado, en los por qué y las dimensiones emocionales del protagonista y su némesis. Tanto, que el Lagarto acaba por mudar la piel demasiado rápido. No obstante, la propuesta de la primera mitad y cuarto convence y despliega calidad narrativa en el montaje de secuencias, inundado el film de un tono y unas intenciones que quieren ir más allá de cualquier otra película de tortas. Refugiándose, también, en la inocencia y la frescura del mundo adolescente americano. Webb parece querer gritar a los cuatro vientos eso de "nos tomamos muy en serio el personaje", pero con un prólogo extensísimo, la película se alarga innecesariamente y no parece ser capaz nunca de llegar a un clímax que haga entender al espectador por qué se está relanzando una saga que tenía dos (de sus tres entregas) previas, excelentemente facturadas. Es cierto que la cinta es capaz de generar una nueva estética pero no consigue huir de las similitudes. No ha pasado suficiente tiempo, el espectador todavía recuerda. Y por ello, a pesar de que consigue crear nuevos espacios para el héroe y ensalzar otras partes de la historia, está contando lo mismo, sólo que de otra forma. Webb ha redefinido a su gusto y con nuevos parámetros, rozando de pasada todo lo que pudo ser icónico o representativo del Spiderman de Raimi (véase ese Ring de boxeo), pero no ha conseguido que nos olvidemos de la otra saga, tan sólo que las comparemos.

Eso sí, The Amazing Spiderman incluye una gran baza: una Co-protagonista madura, Emma Stone, y no una damisela en apuros (Kirsten Dunst). Un interés amoroso con las inseguridades propias de la edad pero con las ganas (y la información necesarias) de convertirse en un apoyo para Peter Parker en vez de en un lastre. En cierta medida, todos los personajes alcanzan dimensiones realistas, casi tan torturadas y llenas de debilidades como la del protagonista. Este nuevo Batman adolescente, con carisma pero sin millones, con toques efímeros de humor y traje de látex al que los golpes le duelen casi desde el primer momento en el que comienza a comprender que ser un héroe no va sólo de atracar a matones de barrio. Atrae pero no convence, profundiza pero no deja huella. Y carece de un beso bi-direccional bajo la lluvia que quede clavado en la retina. Sin auténtica pirotecnia o tensión argumental, la nueva película del "asombroso" Spidey también se adolece en las escenas de acción, entendiéndolas no como un acto de continuidad, sino como una serie de apariciones estelares donde la cámara se recrea en lo cinematográfico del vuelo arácnido, perfecto para el 3D, cuyo pago, de otra forma, sería un robo a mano armada. Con un final tristemente ensombrecido por la dialéctica moralizadora y mal disimulada, el fondo y forma del film no sale a flote ni con una banda sonora, compuesta por James Horner, que pasa sin pena ni gloria e incluso se auto plagia en varios momentos, con altas y sospechosas reminiscencias de aquella travesía en el Titanic.

La lapidaria realidad es que The Amazing Spiderman no es capaz de aportar nada visualmente nuevo más allá de una reinterpretación de un personaje que bien podría redibujarse cada verano. Si al menos su villano estuviera a la altura, quizá podría crecerse como le pasó al Caballero oscuro, pero resulta que al espectador le ocurre con el Lagarto lo mismo que con éste nuevo Spidey, y es que nos gusta más el personaje sin máscara que con ella. En cualquier caso, The Amazing Spiderman no hace daño, interesa su propuesta y su nuevo protagonista. Aunque toda la estructura pende de un hilo y queda muy cerca de pasar a la historia como lo que quiso ser y no pudo. De momento, parece incapaz de superar el efecto icono, algo que Raimi consiguió en los primeros tres cuartos de hora con su:
todo poder conlleva una gran responsabilidad.

Película del mes: El Caballero Oscuro-La Leyenda.

Es complicado estar a la altura de las expectativas y a la vez cerrar trilogía. Sobre todo a día de hoy, cuando resulta cada vez más difícil dar una vuelta de tuerca definitoria, tal y como ya hizo el propio Nolan con el Caballero Oscuro previo. Así pues ¿ha conseguido Batman renacer? La respuesta es sí, y con él un genuino y excelente Christian Bale, quién, no obstante, ha tenido que llevar a su personaje, una vez más, hasta lo más bajo. Y es que en El Caballero Oscuro Renace, Christopher Nolan vuelve a crear un microcosmos, con una Gotham más real y hecha pedazos que nunca, donde en el espacio de casi dos horas y media se cuentan no una, sino varias historias, para cimentar y desarrollar un final de cuatro actos que siempre consigue, precisamente, renacer de sus cenizas justo cuando podría olerse el desastre. En cierto sentido, esta última entrega es capaz de reunir las dos películas previas bajo un mismo techo y cerrar el ciclo. Precisamente al volver al principio, casi al "origen", de los miedos y las debilidades de, para que negarlo, un hombre que parece haberlo perdido todo. Y así, la figura física de Batman queda relegada a un segundo plano para centrar la base de la trama en el resurgir de un mito, como concepto; y el de un hombre, Bruce Wayne; desarrollando esa recurrente narrativa dedicada a las decisiones que todo héroe ha de plantearse y tomar en algún momento de su trayectoria.

Por otra parte, es también una verdad universal que Hans Zimmer es el auténtico caballero en la sombra. Muchas, por no decir todas las escenas de mayor entidad del film, se harían añicos sin la espléndida atmósfera que este artista es capaz de generar. Además, la película regala gratificantes sorpresas interpretativas. Con un elenco de sobresaliente, Anne Hathaway ofrece una gata, astuta, humana, ágil y creíble; mientras Joseph Gordon-Levitt no hace sino dejar claro que es un actor tan válido como su jefe policial, el gran Gary Oldman, limitado en esta cinta a recrearse en su papel de icono policial. Y es que todos son parte de un engranaje diseñado para orquestar, con inteligencia y esa elegante narrativa que caracteriza a Nolan, el auténtico envite final a un héroe tan complejo que no podría llegar a ser nada sin, digamos, un villano a la altura del mito. Batman tiene que caer bien hondo para volver a resurgir y de eso se encarga, con la fuerza de un titán, Tom Hardy, poniendo voz, mirada y músculo a Bane, un fanático entregado, pero en cierta medida mucho más vulnerable que el Joker y bastante menos sugerente. La realidad es que, sentado en la butaca, al poner punto y final a la trilogía, nadie puede pensar que Nolan no ha salido victorioso de esta intrincada epopeya, aunque la entrega previa hubiera arrojado el listón de las espectativas a una altura dificil de superar. Con todo, lo cierto es que la cinta logra sus objetivos, mostrando las inseguridades y debilidades humanas no sólo del protagonista sino de la sociedad en general. Y dotando cada traspiés del héroe con un sentido y una profundidad que permitan entender su viaje emocional. Pues no nos engañemos, en esta cinta las emociones están a flor de piel y las relaciones, testadas al límite. El film está, además, perfectamente sustentado en una potente variedad de personajes secundarios, dándole buenos actores incluso a los papeles más nimios (si es que esa palabra existe para Nolan) pues todo acaba siempre encajando como un puzle.

Quizá peque de cierto sobre homenaje post 11-S y de un renovado americanismo un tanto ausente en las otras entregas. Y es que por mucho Gotham que esgriman, esto es una Nueva York acercándose al apotema de la catástrofe y más deshabitada que nunca, excepto por la policía, catapultada al Olimpo de los héroes fílmicos y reales con quizá demasiada insistencia. Y es que a esta tremenda película sólo le faltaría, para conquistar esa perfección que saborea, el haber tendido a simplificar en vez de a extender para, quizá, salvarse de un tempo narrativo un tanto inestable. Y el haber dotado de mayor entidad a sus planteamientos, en vez de usarlos como mero escudo. No obstante, al fin y al cabo, La leyenda Renace no es sino un bien diseñado aglutinador que cierra el círculo con maestría. Este Batman renacido (y re-definidor de un género en alza) resulta un magnífico colofón final a la auténticamente soberbia, dramática e inteligente trilogía del superhéroe más humano e icónico de los últimos tiempos: El Caballero Oscuro.

Birdsong: Poesía hecha serie.

Sebastian Faulks publicó en 1993 una novela titulada Birdsong. Ésta fue aclamada por la crítica como la mejor obra de Faulks y una de las novelas más definitorias de la literatura contemporánea. Este año la BBC realizó su adaptación cinematográfica en formato de mini-serie, componiéndose de dos capítulos de 90 minutos, y protagonizados por Eddie Redmayne (Los Pilares de la Tierra) y la francesa Clémence Poésy (Harry Potter).

Lo cierto es que la mini-serie es poesía hecha cine. Dirigida por Phillip Martin ha sido rodada con una sensibilidad absoluta, desarrollando a la par las dos historias que se funden en la naturaleza compleja, reprimida y dramática del protagonista, Stephen Wraysford. Dividido entre el recuerdo de un romance de juventud y la dureza y crueldad de la Primera Guerra Mundial, la novela de Faulks se va desenrollando como un delicado pañuelo de seda sobre la voracidad de las llamas. Las actuaciones resultan sublimes, tanto Poésy como Redmayne dan lo mejor de sí, pero los secundarios, Mathew Goode (Match Point), Richard Madden (Juego de Tronos) o Joseph Mawle están fantásticos. Todos ellos en papeles profundos, dibujados en una profusión de detalles lo suficientemente bien coloreados como para representar la abstracta paleta de una historia, que parece flotar envuelta en un halo, de belleza, crueldad y tristeza frente a los ojos del espectador. Rodeándose, además, de una ambientación, una fotografía y un guión dignos de las mejores producciones de la BBC. Muy recomendable.

Recomendación cinéfila: Moonrise Kingdom y la belleza de la irrealidad.

Pocas veces el espectador tiene el placer de sentarse en la butaca y sentirse partícipe de una historia no sólo bien contada, sino de una película muy bien hecha. Y es que Moonrise Kingdom, el nuevo film del algo excéntrico director Wes Anderson, es genuina e hilarante hasta decir basta.

Siempre resulta una experiencia extremadamente gratificante observar cómo Anderson se rodea de tan excelentes y multifacéticos actores para dar vida a las diferentes familias disfuncionales que pueblan sus cintas. En este caso, Bill Murray, Frances McDormand, Bruce Willis, y Edward Norton en los papeles de peso, o Harvery Keitel, Jason Schwartzman y la magnífica Tilda Swinton en actuaciones estelares; regalan personajes tan bien perfilados y acometidos que uno no puede sino quitarse el sombrero. Hasta el más mínimo detalle está medido para no descompasar la maravilla de una cinta basada en el primer amor y expresada con la más infinita ternura. Los dos personajes protagonistas (interpretados por Kara Hayward - que bien podría ser la doble infantil de Lana del Rey - y el cuasi debutante Jared Gilman) son un soplo de frescura inacabable y de una naturalidad que, lejos de resultar embotellada, resulta tan dulce como la suave inocencia de una infancia que se va dejando atrás. La vida, observada a través de los ojos de dos casi-adolescentes capaces de ver el mundo con mayor claridad que los adultos que les rodean, se vuelve una aventura tan fantástica como los libros que lee la propia Suzy. Y juntos, saben encontrar la belleza en las imperfecciones. La rareza, en el mundo de Wes Anderson, es siempre un signo de fortaleza llena de matices.

Tanto la estructura de un guión fascinantemente bien escrito en un tono de comedia ágil e inteligente sin mácula, y el peso de un movimiento de cámara lleno de planos secuencia que nos sitúan en la historia sin resultar una impostura; así como la colorista fotografía y la cuidada textura, dotan la film de unos atributos casi mágicos, que se funden en los ojos del espectador y aportan kilos de singular belleza. Moonrise Kingdom es divertida, tierna, y cargada de una intensa crítica a la realidad refugiándose en un film que nada, vuela y respira la irrealidad más absoluta, casi caricaturesca. Y nos encanta. Es una auténtica joya de lo más recomendable.

Blancanieves y el cazador

Alejada de la fallida comedia Mirror Mirror, Snow White and the Huntsman es una historia oscura de la que resulta difícil salir decepcionado. Brutal en muchos aspectos, y magníficamente bien hecha en otros tantos, está llena de texturas, colores y efectos a la altura del espectáculo. De hecho, sin resultar desbordante en su originalidad, sabe re-escribir el cuento de hadas consiguiendo lo que la Alicia de Burton se dejó en el camino, que la trama esté a la altura de la estética. La película, sin miedo a adentrarse en la decadencia y la belleza que habita en lo tenebroso, está excelentemente facturada por Sommers, sobreponiéndose a un guión con problemas de cimentación y un personaje principal con innumerables goteras. La fotografía y el movimiento de cámara son una auténtica maravilla; y junto con el vestuario y la excelente banda sonora (incluida la canción final de Florence + the machine) dotan al film de una calidad a la altura de las exigencias.

No obstante, Snow White carece de dimensión emocional. ¿Dónde está su historia? ¿Sus sentimientos? ¿Sus líneas de guión? Más que una heroína enfrentándose a su pasado (y a su destino), parece dejarse llevar por el resto de personajes y situaciones para, tras resucitar de la muerte, obtener un ímpetu que poco se ve recompensado en escenas de acción. En comparación con el resto de las Blancanieves adaptadas este año, la de Kristen Stewart es la más cercana al cuento tradicional (por mucho que le peguen una espada a la mano). Una muchacha que huye constantemente llevada por las circunstancias, con la profundidad narrativa de una moneda de céntimo. No obstante, hay que decir que Stewart se esfuerza, una pena que su aparición en pantalla esté tan poco compensada:
o te la crees en todo momento, o en ninguno.
Muy por encima quedan el resto de personajes, incluido el del príncipe (Sam Clafinn), aunque sea en medio de unas cuantas incongruencias narrativas (¿dónde está el mínimamente emotivo reencuentro?), o el cachas de Hemsworth, un más que convincente cazador. Entre él y la soberbia Charlize Theron (como la más maléfica de las reinas), le roban la película a la chica del cuento. Lo cierto es que Theron hace un papelón y su personaje es, de lejos, el más interesante de un film entretenido y bien hecho, con ciertas carencias de fondo, pero que se puede permitir fluir con naturalidad entre unas bien administradas dosis de acción. Oscura y osada, Snow White and the Huntsman genera una atracción que deja con ganas de más. Aunque no sea precisamente con Blancanieves como leading role...

Decepción cinéfila: Dark Shadows - Un show sin alma.

El problema con Dark Shadows, es que hay más shadows que otra cosa. Si bien el guión no está firmado por Burton, y éste está basado en la serie original, el sello del director más variopinto de los últimos tiempos se encuentra en todas partes; aunque con más con desatino que otra cosa. Burton ha llegado a ese punto en su carrera en el que ni los decorados, ni su actor fetiche Johnny Depp o Helena Bonham -Carter (perfecta, eso sí) son suficientes para animar un cotarro pasado de vueltas. Con un ritmo desacompasado, una trama con incesantes goteras, un montaje errático y falta de tono: es una comedia? una sátira? un drama? sin conseguir, en cualquier caso, estar a la altura de ninguna de las tres opciones; acaba por quedarse en poco más que una simplista y estrafalaria caricatura que sólo los más fans sabrán apreciar.
A pesar de tener algunos momentos brillantes, y bastantes líneas de diálogo -cool-, resalta más por una suerte de lunatismo extravagante falto de humor inteligente; dejando a la familia Collinwood como un mero atrezo banal y sin fondo, sólo para centrarse en la faceta más ñoña de un personaje con tantas posibilidades como Barnabás, y en, eso sí, una maquiavélica (y demasiado despechada) Eva Green. Lo que se vende en el tráiler queda más que desvirtuado en una película que prometía una aguda y ecléctica sátira y se queda en "otra de Burton" que, en cierta medida, tampoco está tan mal. Lo mismo sólo le hacen falta unas vacaciones.

Los Vengadores: Asamblea de egos.

Los Vengadores intenta reunir en unas dos horas de metraje lo mejor de cada una de sus rutilantes estrellas de cómic (y de Hollywood) en una de las asambleas más esperadas de los últimos tiempos. Lo cierto es que Hulk acaba por resultar la estrella del show, principalmente por ser un personaje que brilla más en sus apariciones estelares que como protagonista de su propia película (y porque Mark Ruffalo es, de lejos, mejor elección que Edward Norton). Muy de cerca está la estelar figura de Robert Downey Junior. Con un personaje como Iron Man, era difícil para el resto de superhéroes poder seguir la estela del irónico, desenfadado y osado poseedor del traje con más "apps" del mercado. Y lo cierto, es que al espectador no le importa, es demasiado cool para molestar en pantalla. Mientras, el buenazo del Capitán América y Thor se apuntan al tema como secundarios de un show con mucha acción, pero asombrosamente, también con mucha conversación. Scarlet Johanson sale más que bien parada de semejante reunión de testosterona, a pesar de parecer siempre más cansada que sus contertulios, posiblemente porque le toca hacerlo todo sin escudo, traje, arco o martillo. Sin embargo, quien merece especial atención es el villano, un Loki encarnado por Tom Hidleston y sus ojos azules, quién dotado de mayor profundidad e intelecto que el resto de traficantes y rusos matones que suelen poblar el resto de producciones, el maquiavélico dios de Asgard sale victorioso de esta lucha de egos. A veces hasta roba escenas, un poco como la masa verde, pero sin gritar. En cualquier caso, y a pesar de que Jeremy Renner parezca tener más ganas de estrenar su nuevo Bourne que de lanzar flechas, o de que algunos personajes estén metidos con calzador; el guión demuestra bastante inteligencia y la película no decepciona en contenido, espectacularidad y equilibrio. Los alienígenas cumplen su cometido pasando por el portal de luz ultra cósmica y las frases míticas están aseguradas. La secuela, viendo el box office, debe de estar ya calentando motores. Aunque para quien se quede durante los créditos, estaba claro que eso ya lo pensaban los de Marvel mientras pasaban el blockbuster por la sala de postproducción.

Y es que, al fin y al cabo, los héroes siempre están ahí para cuando se les necesita, ¿no?

Los juegos del hambre

La primera adaptación cinematográfica de la trilogía literaria Los Juegos del Hambre (aunque el último volumen se dividirá en dos) de la autora Suzanne Collins, ha dado, sin duda, en la diana. Avalada por éxito de crítica y público en todo el mundo llega este 20 de abril a las pantallas españolas. Lo cierto es que su éxito en gran medida se debe sencillamente al excelente material de partida con el que se jugaba, una trama que plantea una realidad brutal en su misma concepción y que, a partir de ahí, desarrolla una crítica feroz al mundo de la televisión y a la sobreexposición que hoy día sufrimos en los medios. Aún partiendo del hecho de que 24 chavales han de combatir a muerte y sólo puede ganar uno, Los Juegos del Hambre no es El Señor de las moscas, la violencia (quizá más explícita en el libro) se dibuja con menor brutalidad de lo que las expectativas derivadas de las críticas de prensa y los avisos de censura pudieran augurar, aunque el dramatismo y la intensidad del film queden intactos. La película no habla de jóvenes convirtiéndose en bestias, sino sobre lo que ocurre cuando la violencia se consume como entretenimiento. Cuando se acepta que ésta forma parte de la vida, o que, tal y como esgrime uno de los personajes, puede llegar a unir a las personas, crear una comunidad de televidentes que asumen el hecho de que niños maten a otros niños como si fuera algo tan natural como respirar.

Jennifer Lawrence resulta espléndida en su papel de Katniss, y su actuación lleva adelante un film que critica repetidamente la cultura televisiva, la sensación de estar en un Gran Hermano constante y cruel, alimentado por las personas que forman parte del mismo. "Si nadie mirase, se acabaría", comenta otro personaje ante el escepticismo de la protagonista, todo es un espectáculo que nosotros mismos alimentamos. En ese sentido la película no podía haberlo reflejado de forma más brillante, y gran parte del éxito de la adaptación se debe no sólo al trabajo del director Gary Ross (Pleasentville) sino a que el guión esté confirmado por la propia autora de los libros. Los Juegos del Hambre es adictiva, ágil y compleja a la vez, está notablemente bien hecha, sobre todo a la hora de reflejar la fiereza del mundo en el que Katniss se ve inmersa sin salida, una sensación de opresión intensificada por el uso de una cámara con planos excesivamente cercanos al principio, tanto que genera más distorsión que perspectiva, lo que, por otra parte, no hace sino aumentar la sensación de que la protagonista no parece tener escapatoria. A la vez que todo se carga de un sentimiento de embotamiento e irrealidad que desaparece en cuanto se pisa la "arena" y la belleza de los bosques sirve de metáfora para la lucha que se produce en ellos. Sin embargo, mientras el vestuario está exquisitamente conseguido, desde los complicados trajes de los habitantes de la ciudad hasta lo de los participantes (o tributos), las recreaciones digitales carecen del realismo de otras superproducciones, dando la sensación de ser más cartón piedra, a pesar de su espectacularidad.
No obstante, es difícil desmerecer la adaptación, trepidante, emocional y dramática. De crítica y diálogo afilado es capaz de atrapar al espectador y aún mejor, dejarle atado a una trama que produce variados quebraderos de cabeza sobre nuestra sociedad actual. Protagonizada, además, por uno de los personajes más llamativos de los últimos años. Ha nacido así una nueva y épica franquicia que, ésta vez, si goza de la calidad necesaria para dejar huella.

Sólo resta decir: "May the odds be ever in your favor".

Titanic: 100 años después.

"Lo llamaban el barco de los sueños, y verdaderamente lo era"

Ayer se cumplían 100 años del hundimiento del TITANIC, una de las tragedias que más ha fascinado a público e industria. En el mundo del celuloide se han producido varias adaptaciones, entre ellas, una de las superproducciones más imponentes jamás rodadas, es decir el film de 1997 dirigido por James Cameron y protagonizado por los entonces desconocidos Leonardo DiCaprio y Kate Winslet; rompedor de records de recaudación y ganador de 11 Oscar. Unos 14 años después ambos actores se han convertido en estrellas de Hollywood y su director en uno de los más taquilleros. La película ha sido reeditada en formato 3D este año y relanzada en las salas de todo el mundo, una gran noticia para todos aquellos fans que no pudieron disfutar por entónces del placer de verla en la gran pantalla. Coincidiendo con el centenario no ha sido ésta la única sorpresa cinematográfica, en formato televisivo la cadena inglesa ITV ha producido de la mano del guionista de Downton Abbey, Julian Fellows, una miniserie de cuatro capítulos dedicada al dramático suceso, el cual no parece haber dejado nunca de suscitar un profundo interés relacionado con los detalles que llevaron al barco hacia su tremendo destino.

Lo cierto es que TITANIC es toda una obra de ingeniería visual que realmente merece la pena ver en una pantalla de proporciones al menos equivalentes a las del poderoso navío, que se hundió la noche del 14 al 15 de abril de 1912, llevándose la vida unas 1.500 personas y dejando perecer al 75 por ciento de los pasajeros de tercera clase. Recientemente se ha inaugurado en Belfast, localización de los astilleros donde se construyó el famoso barco, el primer museo dedicado al Titanic, un proyecto de gran envergadura que tiene incluso una réplica de las famosas escaleras de madera a cuyo pie se reunían Jack y Rose antes de la última cena.

La pelicula en sí siempre suscitó una división de críticas, entre quienes la tildaban de un damón romántico sin profundidad o quienes alabaron el trabajo de elaboración de los efectos del hundimiento en un momento en el que "la era digital" no estaba ni de lejos en su apogeo. En cualquier caso, lo que resulta evidente es que Titanic ha sabido aguantar el paso del tiempo. Vista hoy, más de una década después, se mantiene en pié por si sóla, como si se hubiera estrenado ayer. Respecto al 3D, el efecto tridimensional aporta ciertos momentos de excelente profundidad y amplitud y en ese sentido si resulta notablemente impresionante, aunque en términos generales carece de las aves voladoras de Avatar para sentir el vértigo del formato. No obstante, se ha conseguido una magnífica conversión y sigue mereciendo la pena aprovechar la oportunidad de ver una película de este calibre en el cine. Como ha afirmado el propio Cámeron, el 3D es sólo un aporte más, lo verdaderamente relevante es poder volverlo a ver en las salas de cine. En cualquier caso, en una película de casi 4 horas, es fácil olvidarse de que uno lleva gafas, y vivir, sencillamente, la experiencia; pues
tal es el nivel de inmersión en una película ya convertida en clásico.

Resulta curioso, echando la vista atrás, pensar en que ya por entonces Leonardo DiCaprio fue olvidado por la Academia (como ha ocurrido muchas otras veces después), mientras sus compañeras de reparto Kate Winslet y Gloria Stuart eran nominadas a mejor actriz y mejor secundaria respectivamente, aunque tan sólo triunfase (entonces) la segunda. Formando parte de un total de 11 Oscar, incluyendo Mejor Película, Director, Banda Sonora, Guión y un largo y merecido etcétera técnico. Verdaderamente, la música de James Horner es una auténtica maravilla y parte indivisible de un film que ha calado hondamente en la cultura popular y ha dejado marca en varias generaciones de espectadores.

La escala del proyecto, que implicó la construcción de un gigantesco barco a medida del original, y que se hundió, literalmente, por partes para el rodaje del film, no ha hecho sino aumentar las dimensiones de una película técnicamente impecable, cargada de intensidad emocional, que consigue de forma elegante y contundente, definir la idea de blockbuster. Sólo hay que mezclar los ingredientes: un hecho histórico tan dramático y épico como la historia de amor que se encuadra en él, unos protagonistas carismáticos, un guión lo suficientemente ágil y tenso como para atrapar a los espectadores durante la larguísima duración del drama acuático (de hecho, la parte del hundimiento se sucede casi en tiempo real) y una gran cantidad de escenas para el recuerdo, como la de ese beso en la proa del barco en pleno atardecer.

Por encima del siempre complejo proceso del rigor histórico, el intento de veracidad e intensidad dramática del último tercio es todo un hito del cine (recordemos la ruptura del barco, sin ir más lejos), y es innegable que tanto la narración como la espléndida fotografía del film son buenos ejemplos de un engranaje bien engrasado y lleno de laboriosos detalles de recreación. Por ello, y a pesar de que pueda pecar de esa inercia americana que lleva siempre a intentar hacernos llorar, lo cierto es que Titanic ya ha pasado a formar parte de la historia del cine. Y merece la pena volverla a ver.

Película del mes: The Descendants

Puede que una de las mayores debacles para George Clooney este año sea que con tal papelón como se gasta en esta película, haya aparecido una persona tan carismática como Jean Dujardin y una película tan curiosa como The Artist para robarle todas las oportunidades de la temporada. Pues lo cierto es que, The Descendants, se sustenta en la particular cualidad de su actor principal para resultar siempre tan convincente como un tipo normal, que, eso sí, se enfrenta a problemas cotidianamente extraordinarios. Esta película no es solamente una espléndida historia contada de forma inteligente y sensible, con altas dosis de sentido del humor (las suficientes para sobrellevar el drama y descubrir ese tercer lado de la vida, generalmente más olvidado: el tragicómico), sino que es posiblemente el mejor trabajo hasta la fecha de su director, Alexander Payne. En su agudo guión se dejan entretejer los hilos de una narrativa sutilmente grácil, aguda y nada sensiblera; junto con una fotografía paisajística (ese Hawái apartado del continente, una suerte de paraíso donde también hay huracanes) y una música excelentes que consiguen la atmósfera perfecta. Payne consigue hablar de temas emocionales sin resultar empalagoso y hacer reír con, y a la vez sin, sensación de incomodidad en un drama sobre como la vida nos da de golpe y de forma natural nos enseña a aprender que hay ciertas cosas que no podemos dejar ir, y otras a las que nunca más podremos aferrarnos. Puede que sea una de las pocas películas americanas que habla sobre el valor de la familia, sin producir una sobreexplotación del espíritu estadounidense. The Descendants fue no sólo una grata sorpresa, sino un disfrute completo. La recomiendo plenamente.

viernes, 25 de octubre de 2013

Oscar 2012: El triunfo francés.

Si el año anterior fue la Gran Bretaña quien se adueñó de la noche más Hollywoodiense del año, en esta entrega de los Oscar han sido los franceses: The Artist se ha llevado casi todos los premios que elevan al rotundo estrellato, uno que, todo hay que decirlo, llevaba rozando ya unos cuantos meses. La película muda, y en blanco y negro, cumplía todas las quinielas convirtiéndose en la Mejor Película de la noche, y dándole también el triunfo a su director, Michel Hazanavicius y a su actor principal, el carismático Jean Dujardin. Otros premios como Mejor Banda Sonora o Mejor Vestuario también recayeron en las manos del equipo de la cinta. Por su puesto, el resto del palmarés era un tanto predecible, no ha sido una noche de grandes sorpresas, excepto quizá, para Hugo, quien lentamente pero sin pausa fue ganando seis Oscar de categorías técnicas. Meryl Streep, por supuesto, recibió, tras más de veinte años desde su última gala como vencedora, la dorada estatuilla como Mejor Actriz por su papelón en The Iron Lady; y qué mejor que recibirlo de las manos del maravilloso Colin Firth, quien ya supo rescatarla cual Cenicienta en los pasados Bafta´s británicos. Octavia Spencer se emocionó hasta el extremo de casi no poder hablar al ganar como Mejor Actriz Secundaria por The Help y Christopher Plummer le dedicó un precioso discurso a su mujer como Mejor Actor Secundario por Beginners. La gran perdedora fue la maravillosa The Descendants, que sólo pudo hacerse con el Oscar por Mejor Guión Adaptado, mientras el de Mejor Guión Original iba a parar a las manos del siempre ausente Woody Allen por Midnight in Paris.
Lo mejor (y lo más raro) de una gala más llevadera (y corta?) que las precedentes lo podéis leer más abajo. No obstante, la 84 ceremonia de los Oscar no consiguió elevarse en el ranking del pasado, ese donde las galas de Billy Crystal sí sabían entretener a la audiencia. Su esperado regreso sólo quedó patente en una hilarante presentación y en algún que otro gag durante una ceremonia ágil pero no especialmente memorable, con algunos detalles metidos a calzador, y donde más que otra cosa, destacaron unos cuantos extraordinarios presentadores y el magnífico escenario, imitando a un antiguo cine; con la atmósfera de Hugo y The Artist, las cuales impregnaron las cuatro horas de ceremonia que se pueden
resumir así:

-El magnífico escenario y la esencia a cine antiguo que se quiso dar a la ceremonia.
-Billy Crystal... ¿cantando?
-La ovación a Octavia Spencer, es una mujer divertida y una gran actriz, pero uno se queda preguntándose exactamente a qué viene...
-La ovación a Christopher Plummer, ahí no hay duda.
-La coreografía con bailarines del Cirque du Soleil y música de Danny Elfman, preciosa.
-Lo bien que se lo pasó Billy Crystal conociéndose a sí mismo.
-La magnífica Hugo, llevándose tantos merecidos premios.
-Robert Downey Jr haciendo de Robert Downey Jr y regalando uno de los momentos más graciosos de la gala junto a una desesperada
Gwyneth Paltrow.-Plummer, al referirse a que sólo es dos años más joven que la estatuilla. ¡Batió record al ganar a sus 82 años, Oscar tiene 84!
-El interesante a la par que divertido momento de Billy Crystal como lector de mentes.
-La desafortunada lectura de mente de Nick Nolte: "grrrroooooooar", un poco salida de tono.
-El espacio dedicado a las bandas sonoras, con el pentagrama y las preciosas presentaciones, de lo mejorcito.
-Will Ferrel y Zach Galifianakis, quienes "como músicos serios" que son, regalaron otro momento de lo más hilarante como presentadores.
-El desconcertante momento espídico de Emma Stone, de rojo y viendo de todo.
-La mención de Javier Bardem por Alexander Payne al ganar el Oscar por Mejor Guión Adaptado, al referirse al discurso
que el español le regaló a su madre hace unas cuantas galas.
-La despampanante Angelina Jolie
, yendo más de diva que de actriz y enseñando su pierna derecha como si no hubiera un mañana.
-Varios actores, rindiendo homenaje al cine una vez más, al comentar sus primeras experiencias con el celuloide.
-El entrañable discurso francés-inglés del direcor Michel Hazanavicius.
-El carismático Dujardin y su discurso, ¡qué grande es!
-Lo dicho, que un gentleman como Colin Firth le haya entregado el tercer Oscar de su carrera a la gran dama del cine americano:
Meryl Streep.-Que Streep ganase de dorado, igual que la última vez que se alzó vencedora.
-Que una película muda en blanco y negro (y además Europea) haya triunfado la pasada noche. Una gran noticia para el cine.