domingo, 27 de octubre de 2013

Cosmpolis: El mundo en una limusina.

Se me ocurren dos opciones: 1, que la nueva y resonante creación de Cronemberg sea tan intelectual que se situé por encima de todos nosotros, seres terrenales, y uno no sea capaz de abstraerse y alcanzar a entender de qué narices va. O 2, que todo sea pura ilusión, y que realmente no haya por donde coger su errático ritmo y su pedantería sintética.

No obstante, esta película no se puede desdeñar, la calidad está ahí y nos recorre (en forma de esquiva u omnipresente curiosidad) al igual que lo hace la insatisfacción crónica de la que huye el protagonista, internándose en la locura y destapando las miserias de su propia vida. Una carrera en busca de emociones que no le producen nada, preso de una alegórica insensibilidad, metáfora de este siglo XXI en el que vivimos, en plena carrera por conquistar un tiempo sin dueño, y encarcelados en una idea de libertad manufacturada por quienes manejan un cotarro que les aburre.

La falta de certezas de un Pattinson en estado de gracia, es la gota que colma el vaso de un personaje entre personajes, a cada cual más variopinto, pero que conocen (y se someten dócilmente) a su lugar en el mundo. Mientras, Cronemberg juega a reunir una serie de cortos (de impecable fotografía, música intermitente y actores miméticos y transparentes) usando como 'leitmotiv' a un multibillonario en una limusina encapsuladora de las maldades y los logros de nuestro tiempo, un tiempo que parece estar en las últimas, siempre perseguido por el peligro inminente de su propia extinción, y el cual... ¿busca su salvación? 'Cosmopolis' plantea tantas preguntas como huye conscientemente de las respuestas directas, dejando que la carga moral e intelectual de sus diatribas se diluya entre los chocantes bandazos de un héroe despreciable por su falta de encanto. Su carisma raya en la estupidez de quien carece de una vida propia. Basada en una novela de Don Delillo clave de la contemporaneidad literaria, 'Cosmopolis' es tal ida de olla que resulta fascinante. Y hay que enfrentarse a este hecho: mientras se ve, el espectador hace un esfuerzo por no huir de la sala. Y cuando se ha visto, su cabeza no para de volver allí, porque entre tanto surrealismo, se fragua una suerte de insanidad muy real.

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