domingo, 20 de octubre de 2013

Película Oculta: My Blueberry Nights

Hay algo en la película del director Won Kar Wai que invita a abandonar el cuerpo, a levitar y dejarse embrujar por el coctel de colores, sentimientos y sabores que azotan nuestros cinco sentidos e incluso llegan a despertar un sexto, escondido y cobijado por la voz de Norah Jones, desde que empieza el primer minuto de metraje.

El director hongkonés se sumerge a medias en el género roadmovie y relata una fábula sobre el reencuentro con uno mismo de una forma visual y narrativa, que ya tiene rubricada su firma desde hace tiempo. Esta película, como pasa con muy pocas otras obras del cine, no se ve, ni se escucha, sino que se degusta. Su fotografía, esa luz que varía igual que muta el fondo por el que viaja la protagonista, es una obra de artesanía visual incomparable. Su música, una banda sonora encabezada por la cantante Norah Jones, también protagonista de la cinta, y seguida a golpe de melodía existencial, de nana, y de ritmos lentos para paladear la vida por Cat Power, Gustavo Santaolalla, o Ry Cooder, es una delicia existencial suprema. Y su historia, que está protagonizada por una persona de vida sublimemente normal, resulta una narración tan humana como pura ilusión nacida del sombrero de un mago, ¡eh ahí el canto a la belleza de las pequeñas cosas!

Cuando la vida nos abate, nos parece querer decir el director, se abre la encrucijada de un camino, y tenemos que decidir quiénes somos. En la película son los detalles los que hablan de las personas, las metáforas, como la de ese pastel de arándanos abandonado al final del día o esas llaves postergadas al olvido, son quienes trazan el sutil encanto de la cotidiana rareza. Si, además, nos vemos acompañados por los ojos de Jude Law, en uno de sus papeles más seductores, y embriagados por el ambiente de un pedazo de Nueva York materializado en una cafetería donde uno podría vivir para siempre, es difícil querer salir de My Blueberry Nights una vez que se ha entrado.
 
Mis noches de arándanos es una historia de amor en todos los sentidos, de amor por uno mismo, de amor por el camino pero también por el destino, por el regreso a casa cuando encontramos a dónde poder volver. Escenificada mediante un ramillete de desconsolados personajes (Rachel Weisz, David Strathairn o Natalie Portman) abandonados a vivir cíclicamente, de pronto o quizá premeditadamente, éstos rompen con ese movimiento circular para dejar a sus pies tomar las riendas del camino. Elegir su dirección, mientras despiden con la mirada a la protagonista. El film se mueve por América nadando entre colores, desenterrando la humanidad que a veces nos consume y marcándonos la dirección hacia la puerta que dejamos abierta, una puerta que siempre está en Nueva York. La película nos seduce e invita a revelar dos grandes verdades: que la vida sabe a un beso y que ese beso sabe a noches de pastel con helado. Nada, incluso un bar oscuro o el árido desierto pueden romper la maravillosa estética, la sublime cadencia de un film que te arrulla sin dejarte indiferente.

Un film que sabe a música, color y arándanos.

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