domingo, 27 de octubre de 2013

The amazing Spiderman: una araña que no deja huella.

Desde un principio la noticia de una nueva versión de Spiderman sonaba a precipitado y a un sin sentido cinematográfico si se pensaba en algo más allá del impulso monetario que hoy parece mover las grandes empresas del celuloide. No obstante, dos elecciones cuanto menos particulares habría cierta esperanza de que lo innecesario se convirtiese en una propuesta novedosa. De que, quizá, el 'reboot' de la araña fuese capaz de aportar frescura al omnipotente tótem del cine de superhéroes actual. El director indie de 500 Días Juntos Marc Webb se haría cargo de la dirección, mientras Andrew Garfield, hasta el momento un desconocido actor que pronto brillaría en La red Social, sería el nuevo protagonista. Sin embargo, parece que la influencia del primero ha sido insuficiente y la del segundo ha quedado geométricamente reducida, sin irradiarse al resto de la cinta.

Y es que 'The Amazing Spiderman' parece ratificar el efecto 'Caballero Oscuro'. De alguna forma Sam Raimi es para Marc Webb lo que Tim Burton ha sido para Christopher Nolan, es decir: representantes de la versión más cuasi caricaturesca y comiquera del héroe volador, frente a la figura del nuevo héroe torturado, complejo y remachado a golpes de realidad. Claro que, a la postre, las comparaciones son odiosas. Nolan ha redefinido un género y Webb ha intentado atraer a su terreno un tanto por ciento de esa esencia a realismo sustancial. Porque lo cierto es que el héroe bonachón ha muerto. Spidey ya no será nunca más el tonto del barrio, ahora es un 'outsider', un 'teenager' torturado y osadete que se monta en su skate y que aún estando un rato perdido, verdaderamente quiere ponerse las mallas. En los ojos del nuevo Spiderman no hay lugar para la duda, el quiere repartir leña. Y además es inteligente,
un tirillas con gancho, al que Garfield se ofrece como actor capacitado para poner en pantalla toda esas posibilidades multifacéticas de las que Maguire carecía.
El asombroso Spiderman está entregado a la causa del auto-influjo moral, y si bien el anterior se laceraba a base de intentar no ser descubierto, el nuevo lo hace exponiéndose tanto al público que las consecuencias siempre llevan a la irresistible teoría del: si peleas lleva máscara, porque alguien siempre sale perdiendo y suele ser alguien a quien quieres. Marc Webb ha basado su re-nacimiento en una propuesta que transpira conciencia de autor y quiere ahondar, quizá incluso demasiado, en los por qué y las dimensiones emocionales del protagonista y su némesis. Tanto, que el Lagarto acaba por mudar la piel demasiado rápido. No obstante, la propuesta de la primera mitad y cuarto convence y despliega calidad narrativa en el montaje de secuencias, inundado el film de un tono y unas intenciones que quieren ir más allá de cualquier otra película de tortas. Refugiándose, también, en la inocencia y la frescura del mundo adolescente americano. Webb parece querer gritar a los cuatro vientos eso de "nos tomamos muy en serio el personaje", pero con un prólogo extensísimo, la película se alarga innecesariamente y no parece ser capaz nunca de llegar a un clímax que haga entender al espectador por qué se está relanzando una saga que tenía dos (de sus tres entregas) previas, excelentemente facturadas. Es cierto que la cinta es capaz de generar una nueva estética pero no consigue huir de las similitudes. No ha pasado suficiente tiempo, el espectador todavía recuerda. Y por ello, a pesar de que consigue crear nuevos espacios para el héroe y ensalzar otras partes de la historia, está contando lo mismo, sólo que de otra forma. Webb ha redefinido a su gusto y con nuevos parámetros, rozando de pasada todo lo que pudo ser icónico o representativo del Spiderman de Raimi (véase ese Ring de boxeo), pero no ha conseguido que nos olvidemos de la otra saga, tan sólo que las comparemos.

Eso sí, The Amazing Spiderman incluye una gran baza: una Co-protagonista madura, Emma Stone, y no una damisela en apuros (Kirsten Dunst). Un interés amoroso con las inseguridades propias de la edad pero con las ganas (y la información necesarias) de convertirse en un apoyo para Peter Parker en vez de en un lastre. En cierta medida, todos los personajes alcanzan dimensiones realistas, casi tan torturadas y llenas de debilidades como la del protagonista. Este nuevo Batman adolescente, con carisma pero sin millones, con toques efímeros de humor y traje de látex al que los golpes le duelen casi desde el primer momento en el que comienza a comprender que ser un héroe no va sólo de atracar a matones de barrio. Atrae pero no convence, profundiza pero no deja huella. Y carece de un beso bi-direccional bajo la lluvia que quede clavado en la retina. Sin auténtica pirotecnia o tensión argumental, la nueva película del "asombroso" Spidey también se adolece en las escenas de acción, entendiéndolas no como un acto de continuidad, sino como una serie de apariciones estelares donde la cámara se recrea en lo cinematográfico del vuelo arácnido, perfecto para el 3D, cuyo pago, de otra forma, sería un robo a mano armada. Con un final tristemente ensombrecido por la dialéctica moralizadora y mal disimulada, el fondo y forma del film no sale a flote ni con una banda sonora, compuesta por James Horner, que pasa sin pena ni gloria e incluso se auto plagia en varios momentos, con altas y sospechosas reminiscencias de aquella travesía en el Titanic.

La lapidaria realidad es que The Amazing Spiderman no es capaz de aportar nada visualmente nuevo más allá de una reinterpretación de un personaje que bien podría redibujarse cada verano. Si al menos su villano estuviera a la altura, quizá podría crecerse como le pasó al Caballero oscuro, pero resulta que al espectador le ocurre con el Lagarto lo mismo que con éste nuevo Spidey, y es que nos gusta más el personaje sin máscara que con ella. En cualquier caso, The Amazing Spiderman no hace daño, interesa su propuesta y su nuevo protagonista. Aunque toda la estructura pende de un hilo y queda muy cerca de pasar a la historia como lo que quiso ser y no pudo. De momento, parece incapaz de superar el efecto icono, algo que Raimi consiguió en los primeros tres cuartos de hora con su:
todo poder conlleva una gran responsabilidad.

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