martes, 2 de febrero de 2016

Spotlight, camino de los Oscar.

Lo que diferencia un crimen perpetrado por una persona corriente de uno llevado a cabo por una persona con autoridad y responsabilidad social, judicial o parental (padres y madres, jueces, policías, políticos, médicos o curas, etc…) es que no sólo comete un crimen, sino que rompe con los valores y deberes de su cargo y falla a las personas a las que ha jurado proteger. Esta idea es la que siempre subyace en las narrativas que tratan el abuso, cuando alguien que cuenta con la confianza de otra persona aprovecha su posición para aprovecharse de las circunstancias dañando, muchas veces de forma irreversible, la vida de esa persona bajo su tutela. Cuando hablamos de una figura como la de un párroco, nos encontramos no sólo con el abuso sexual, sino con el robo de la fe y la manipulación de la religión, temas, todos ellos que se tratan en Spotlight, la última película de Thomas McCarthy sobre el reportaje del equipo de investigación homónimo llevado a cabo por el periódico The Boston Globe entre 2001 y 2003.

Protagonizada por un reparto coral, Spotlight expone los más de 246 casos de abuso a menores llevados a cabo por diferentes párrocos de Boston desde los años ochenta, y lo que es incluso más grave, con la connivencia de altos cargos de la iglesia. El film se basa en un guion fluido, conciso y nada morboso, que no se recrea en el drama, sino en la labor periodística como leitmotiv, rindiendo un sincero homenaje a la profesión y al tipo de labores de investigación que son casi impensables hoy en día. La película es un viaje a través de los entresijos y la estructura del Boston Globe, conociendo la maquinaria de un periódico, su funcionamiento y el encanto irrecuperable de los archivos y el papel en mitad de lo que supuso, en 2001, el cambio a la era del periodismo digital. Bebiendo de Todos los hombres del presidente o la más reciente creación de Sorkin, The Newsroom, Spotlight se une al elenco de películas serias sobre temas serios que consiguen no ceder a la emoción fácil, pero sin perder el rumbo emocional, reflejado sobre todo en los personajes de Ruffalo y Keaton.

El film acoge varias reflexiones en torno a la crisis moral y religiosa que inevitablemente rodea no sólo al grupo de redactores sino a toda la sociedad de Boston, ciega y cómplice frente la corrupción de una institución santificada por sus profundas raíces locales. A este respecto, la figura del periodista se dibuja como la de un guardián social imperfecto, consciente de su enorme responsabilidad ante una historia que tendría que haber visto la luz mucho antes, en ese sentido, el guión no rehúye incluir coherentes dosis de autocrítica. El cualquier caso, quizá la reflexión más incómoda que aporta el film se centra en el problema endémico a nivel internacional de las credenciales morales (y célibes) de la jerarquía eclesiástica. Un tema  tabú que, a pesar de ciertos esfuerzos del Vaticano, resultan a día de hoy aún claramente insuficientes para un conglomerado de la fe que sigue necesitando no sólo modernizarse desde sus cimientos sino aceptar de forma más profunda todos sus (recurrentes) pecados... para no repetirlos jamás.

lunes, 1 de febrero de 2016

Película del mes: La chica danesa

Lo mejor que podría surgir de ver La chica danesa es una conversación sobre la realidad transgénero. Darle visibilidad a un colectivo que aún hoy carece de la necesaria normalización basada en poder vivir como uno es y como uno quiere. Este y no otro es el tema central de este film donde la figura de Lili Elbe se aparece como una de las (desconocidas) heroínas del siglo XX. Su persona, identidad auténtica del artista danés Einar Wegener, va floreciendo arropada por la exquisita ambientación y una estética fotografía centrada en la obra pictórica de éste, paisajes naturales y sus reflejos para hablar de lo que se esconde tras el lienzo y de las raíces emocionales del personaje. Una propuesta visual que va acercándose al naciente Art Nouveau mientras la protagonista va descubriendo su verdadera personalidad, dejándola salir al exterior dispuesta a respirar una modernidad de la que ella se alza como valerosa pionera.

Los detalles, los gestos, el reconocimiento de Einar en los rasgos más arquetípicos de la feminidad, son una profusión de formas, complexiones, olores y texturas que el realizador Tom Hopper se encarga de subrayar en pantalla y que brotan gracias al impecable y soberbio trabajo de Eddie Redmayne, cuyo reflejo de Lili es fruto de una transformación inmersiva en su propia feminidad, una búsqueda introspectiva como actor que demuestra un compromiso sincero con su trabajo. Es en el reconocimiento del cuerpo femenino como propio donde se centra la concepción de la identidad de Lili, y es la necesidad de desprenderse del aparato masculino, expuesto como impedimento sexual y mental, lo que ejemplifica la inadecuación de la biología a las necesidades del alma del hombre, una apuesta formal y narrativa por despojarnos activamente de los disfraces impuestos. “Dios me hizo mujer” es una de las frases más definitivas del film, expresada en un alarde de valentía por su protagonista como el resolutivo resumen de una idea clave adelantada a su tiempo: que su condición no es un error, sino una búsqueda de su auténtica persona, lastrada por un cuerpo que – aún – no la pertenece por completo.

El amor incondicional (hacia uno mismo, y hacia aquellos que nos importan) se plantea así como el gran leitmotiv del film, espacio narrativo donde el personaje co-protagonista de la mujer de Einar, interpretado espléndidamente por Alicia Vikander, se convierte en el pilar que permite a éste mutar en Lili y a Lili convertirse en la mujer que siempre soñó con ser. Parece casi imposible imaginar la historia de Elbe sin el apoyo de Gerda Wegener. Es este personaje, además, el que sirve como segundo conductor del espectador hacia la necesidad de encontrar un contexto propio del ser, donde sentirse reconocido como persona y donde poder ser amado en todas las diferentes formas que el término admite. La amistad de ambos personajes cimenta esta película como ningún otro elemento podría haberlo hecho de forma tan definitiva. La chica Danesa brilla con el poder que otorgan las vidas que merecen ser contadas, ofreciendo otra forma de observar nuestra realidad (no nos olvidemos tampoco de esa joyita de Xavier Dolan llamada Laurence Anyways) que permita a la realidad parecerse más a como somos realmente.
 

 

 

miércoles, 27 de enero de 2016

Recomendación cinéfila: El hijo de Saul

Cuando el director Laszlo Nemes recogió el Globo de Oro que convertía a “El hijo de Saúl” en la mejor película extranjera del año según la Foreign Press Asociation, habló en su discurso de cómo el Holocausto se había convertido en una abstracción, pero que para él, sin embargo, el Holocausto es una cara humana que no debemos olvidar. Quiero pensar que, con esta idea, Nemes quería transmitir que podemos intentar romper la barrera entre los símbolos histórico-culturales y una memoria más cercana a las personas, vinculando el hecho teórico con la realidad. Desenfriar la historia, por así decirlo, sin olvidar el rigor. Más cuando hablamos de algo cercano en el tiempo que, no obstante, ha venido reestructurándose y reformulándose tanto que ha acabado por convertirse, como señalaba Nemes, en algo casi ajeno. Quizá en ese sentido, “El hijo de Saúl” sea no sólo una gran película, una indiscutible opera prima maestra, sino también un film necesario socialmente que desentumezca la impronta cinematográfica del Holocausto.

Así pues, si hay algo que el periplo de Saul Auslander por los entresijos de Auschwitz consigue es, sin duda, introducirnos en ese espacio mortuorio que eran los campos de exterminio como nunca antes se había conseguido de forma tan definitiva. Este film es una inmersión total en un contexto sin salida, agobiante física y psicológicamente donde la huida es la utopía de aquellos personajes que aún no han entendido o no han querido reconocer que ya están muertos. Ahí es donde el protagonista, alrededor de quien brotan los sonidos y parecen reconocerse las formas, es quizá el único consciente de que si existe alguna salida es la de reencontrarse, si cabe, con su humanidad. La brillante apuesta formal del film, que no es sólo profundamente original sino indudablemente inteligente (rodada en 40mm, cámara en mano y con poca profundidad de campo), es la que consigue llevar al espectador más allá de la pantalla, sumergiéndolo en los ruidos y los contextos asfixiantes que quedan fuera de plano y fuera de foco para transmitir el auténtico horror, siempre percibido pero nunca explícito, del que el protagonista no es más que otro engranaje de una maquinaria descomunal y maquiavélica. Los primeros planos, abundantes, hacen que la cara y el cuerpo del protagonista sean la guía del espectador a través de todos los espacios del túnel sin aire, denso e irrespirable, en el que nos vemos sumergidos. Pero es también su mirada, la renovada intencionalidad de su vida, la que hacen brotar (sin caer nunca en el melodrama) una emocionalidad imprevista en un contexto tan sombrío.

En ese sentido, son precisamente los ambientes desenfocados los que permiten intuir que aquello que se escucha es el crepitar de un horno crematorio, algo que refleja la inhumanidad con más acierto que cualquier otra lente. Este arrojo formal es el que transforma el contenido narrativo para mostrar el hábitat de extraña normalidad, casi irracionalmente cotidiana, en la que se movían los overkommandos. Cada vez que la cámara se fija en la espalda de Saul podemos sentir sobre sus hombros el peso de cuatro meses de cautiverio feroz como parte de la Solución Final. Un método de asesinato tan bien calibrado que usaba a sus propios rehenes como policías y trabajadores, facilitadores de la muerte. El film se convierte así en la más interesante interpretación de aquella banalidad del mal de Arendt, aplicada al trampantojo de un sistema diabólico donde los propios presos hacían funcionar su guillotina. Finalmente, es esta, también, una película abierta a múltiples interpretaciones respecto a este padre improvisado, pudiendo racionalizar sus acciones a contracorriente o, sencillamente, decidiendo no intentar entender los por qués producto de un entorno fin de destino donde las características de lo humano han sido tan deformadas que resulta imposible ya definir qué es lo razonable. El hijo de Saul puede ser una metáfora de todo o un ejemplo singular, la práctica de la universalización de estas vivencias es algo que queda en demasiadas manos como para ponerse de acuerdo, por lo que, como la propia película nos recuerda quizá, sencillamente, haya que volver siempre a los rostros, y no olvidarlos jamás.