miércoles, 29 de marzo de 2017

La La Land y su ceguera generacional.


Si LaLaLand responde a la premisa conceptual de sus creadores: que es un musical contemporáneo reflejo de la realidad generacional actual, entonces LaLaLand es una película fallida.

En primer lugar, porque la idea de que el tándem entre una aspirante a actriz que trabaja de camarera y un pianista de Jazz pobretón e idealista buscando sueños tan platónicos como clásicos del cine mainstream hollywoodiense, es un fiel representante de nuestra generación, presa del paro juvenil de profesionales sobre-cualificados, me parece, como poco, inverosímil y ridícula, y en general bastante insultante.

Si dejamos aparte, por el momento, esta narrativa argumental llena de clichés y dramatismos forzados, nos encontramos, al menos durante la primera parte del metraje, con una película conscientemente nostálgica y estéticamente deliciosa que se recrea con destreza en las referencias a los musicales clásicos y el Hollywood dorado. Lo cierto, es que fui al cine escéptica, pero plenamente abierta a la idea de salir de la sala absolutamente enamorada de LaLaLand. Y quizá, si toda la película hubiera seguido el concepto desarrollado en esa primera hora, lo habría hecho. Y es que para mí, La Ciudad de las Estrellas sólo funciona como fábula clásica vintage, porque ambientar (o desambientar) una película en la contemporaneidad no la convierte en contemporánea.

Su mayor acierto, no obstante, es haber dialogado tan bien todas las escenas, especialmente las cómicas, donde la química entre una espléndida Emma Stone y ese Ryan Gosling al que se come con patatas, sale a relucir, más, incluso, como amigos, que como amantes. Y en términos de originalidad, es indudable que la música funciona. Una serie de piezas más centradas en apoyar la narrativa que en protagonizarla con enormes números musicales. Es una apuesta más sutil, pero quizá así más intensa, que seduce y empapa LaLaLand con esa canción vertebral que es City of Stars. Es esta apuesta la que dota de identidad a un film que la necesita más allá de su propuesta estética y fotográfica.

Pero según Stone cambia los vestidos coloridos por los vaqueros y vamos adentrándonos en la segunda mitad del film donde la “realidad” se va imponiendo y nos alejamos del bucólico marco amoroso, nos adentramos también en una sucesión de clichés manidos a la hora de representar una tragedia inexistente a base de puntos de giro forzados y reacciones impostadas. Estamos hablando, obviamente, del proceso de ruptura, de la crisis existencial por la que el personaje de Gosling traiciona su espíritu de dolido reaccionario del Jazz y el de Stone, que volaba en una nube de idealismo indie, se da de bruces contra el hecho de que Seb ha ido perdiendo sex-appeal según se ha ido alejando de su identidad como soñador de película.

Es en este contexto, donde el planteamiento de Chazelle se aparece como superficial, desdeñando el esfuerzo, el fracaso y la madurez como opciones válidas para pasar a esquematizar una transición vacía de auténtica complejidad. Y es que, que alguien decida claudicar parte de su sueño para poder conseguirlo no es una vileza ni mucho menos una frivolidad, es y debería parecerlo, una decisión difícil y madura de quien tiene los pies en la tierra. Pero Chazelle, que está obsesionado con el éxito, no dibuja aquí la voracidad de éste con la misma profundidad que en Whiplash, transformando al purista de Seb en un vendido que rápidamente disfruta de la adulación de las masas, y todo por una visión paternalista de las relaciones sentimentales. Y es ahí, en la ruptura, cuando la película roza el delirio de imaginar que cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, pues nos encontramos ante un desengaño amoroso débil entre dos personajes que, sencillamente, se dan por vencidos.

Con esta propuesta, Chazelle ni siquiera se plantea la idea de la compatibilidad, pero no expone tampoco por qué no puede llevarse a cabo, vendiéndonos la idea de que elegir el trabajo por encima del amor es sencillo, cuando, en los tiempos que corren, tener que emigrar por un trabajo dejando atrás a la pareja o apostando por una relación a distancia es una de las grandes tragedias de la actualidad. En LaLaLand lo que nos queda son dos cobardes y dos rendidos que claudican, sencillamente, porque no saben manejar el fracaso ni tampoco el éxito, algo que podría haber resultado interesante si no fuera por el recurso de que amor y trabajo coincidan el mismo jueves a las ocho.

En última instancia, es un hecho que LaLaLand es una apología de los soñadores, protagonizada por dos soñadores tópicos y típicos, alejados diametralmente de la realidad – más él que ella – y retroalimentados entre sí, de ahí que su romance se fracture a la vez que el idealismo de él. Pero el film se queda ahí, sin preocuparse por reflexionar sobre el privilegio que supone poder aspirar a ser lo que uno quiere ser, en una sociedad como la actual donde - precisamente - no se puede aspirar si quiera a trabajar de aquello a lo que has dedicado entre cuatro y ocho años de estudios superiores. Por eso, se exhibe como triunfo el final agridulce de amantes desencantados, cuando el reto habría sido encontrarnos con dos auténticos fracasados. En LaLaland todos consiguen cumplir sus expectativas, y es por sus deseos que se movilizan los personajes, no por la "frívola" necesidad de encontrar un trabajo.Y así, Seb se convierte en metáfora andante del idealismo, una concepción de la vida que le traspasa a ella y que se convierte en el catalizador de su éxito.

El único precio a pagar, entonces, es su relación. Esto tendría sentido si, después de todo, nos encontrásemos con una pareja que realmente hubiese luchado por mantenerla o se hubiera visto forzada a abandonarla por razones de peso. Pero no es así. De esta forma, el melodrama con el que concluye la cinta, que quiere parecer una revisión de los finales made in Hollywood, no es más que otra impostura que, eso sí, nos ahorra un pastiche. Aunque no contento con eso, el film regala como bonus extra esa antología del teatro musical al servicio de narrar otra versión de la historia y dejar claro que, pase lo que pase, tanto en la cara A como en la B de la vida, la única opción de auto-realización de la mujer es estar casada y con hijos, el acompañante es sólo un accesorio. Llegados a este punto, o bien he visto otra película o necesito urgentemente que me expliquen qué tiene de moderno, de generacional y de sufrido este film bipolar, tan entretenido en su evocación del pasado como fallido en sus cimientos del presente, con mucha menos coherencia y ritmo que otros musicales que sí se llevaron el Oscar a casa.