lunes, 4 de noviembre de 2013

Película del mes: Los Miserables.

Sólo he encontrado una palabra que defina adecuadamente la sensación que transmite Los Miserables, y es la de grandeza. Grandeza visual, sin duda, pero también y sobre todo una grandeza eminentemente orgánica, procedente de cada exudación lírica, de cada entramado artístico, de cada nota musical desgranada por sus maltrechos personajes. La película evoca este sentimiento con cada trazo de dibujo y fecunda en el espectador una semilla que florece en un éxtasis pacífico primero y grandioso después, hacia el final de una cinta con espíritu de divo operístico algo maltrecho.

Partiendo de ahí, los Miserables es primero y ante todo un musical, no es la adaptación de la novela de Víctor Hugo, ni pretende dar lecciones de historia. Es simple y llanamente la adaptación cinematográfica de uno de los musicales más famosos y que más espectadores ha reunido en todo el mundo. El director de la cinta, Tom Hopper (ganador del Oscar por el Discurso del Rey) podría haber decidido elaborar un exquisito plato mixto, mitad dialogado, mitad cantado, al estilo de otra flamante obra musical como lo fue Mouline Rouge, pero ha preferido ser fiel al cien por cien a la obra de Broadway. Así, exceptuando tres frases contadas, el espectador (sabiéndolo, u a oscuras) se sienta en la butaca para escuchar una canción tras otra. Este hecho en sí mismo puede resultar (y resulta) un poco arduo para cualquier persona que no sea, estrictamente, un fiel apasionado de los musicales y de, en muchos casos, sus ciertos excesos de arritmia melódica, es decir, ese "no estoy hablando, pero tampoco estoy cantando" que tanto gusto debe de darle al actor/cantante, pero que puede aburrir al público main-stream. No obstante sabe redimirse gracias al intenso y excelente trabajo de los actores, la impresionante calidad de las canciones y la hermosa floritura in crescendo de muchos de sus temas, que hacen que uno pueda obviar los contados momentos de semi-tedio, y rendirse de forma incondicional a este desgarrado tributo a la música y a la vida.

Anne Hathaway (Fantine) y su I dreamed a dream hacen del corazón un órgano mucho más esponjoso, y del lagrimal, una zona mucho más transitada. Su voz resulta tan arrolladora como la de Samantha Barks (Eponine), y su actuación no hace sino reincidir en un hecho probado con cada nueva película que hace, y es que ha crecido como actriz de forma exponencial y nada miserable, hasta rozar esta hermosa y trágica cima que puede otorgarle la estatuilla dorada el próximo 23 de febrero. A su lado está Hugh Jackman, quien como un proverbial Jean Valjean, lleva sobre sus resistentes espaldas el peso de un film que le regala uno de los mejores principios jamás rodado; y donde su rostro, en un instante y medio, ha sellado el tono de un film que transita por la miseria más absoluta, y que se revuelca en el barro y la podredumbre no sólo de las calles, sino de las almas de sus personajes protagonistas. Russell Crowe, y sus canciones de tono grave y afectado, de las que sale siempre bien parado en su resolutiva intención de hacer justicia; son, precisamente, las escenas que dejan más claro las ventajas de la película frente al teatro. Esto es, las fascinantes visiones del París nocturno o la sensación de movilidad, de interacción. Aunque bien es cierto que, a pesar de unos cuentos planos generales, Hoopper ha tendido a acercarse, a poner en primer plano los tristes ojos de Fantine, Eponine o Valjean; y ha sabido transmitir la atmósfera teatral que impregna cada decorado. La dirección artística, de una calidad ingente, expresiva y lúcida, apuesta por un realismo extremo, pero a la vez consigue recrear ese ambiente de cartón piedra de lo que serían los decorados sobre un escenario. Gracias a la cámara de cine podemos entrar y salir por los arcos de las ventanas, reptar por tuberías y transportarnos por un París de corazones desarraigados sin cesar, pero a la postre, estamos viendo un obra sobre un escenario móvil y, de nuevo, orgánico, vivo.

Paco Delgado, que ha sido nominado al Oscar por su exquisito trabajo como diseñador, ha sabido llenar de color y suciedad la segunda piel de cada personaje, sabiendo dónde y cuándo mimetizarse con la negrura que parece inundar la superficie, para ahondar después en el calado emocional de los protagonistas y hacerles brillar y florecer en explosiones de color como la que convierte a Fantine en un alma pura vestida de azul, para luego deshojarla con un embarrado rojo púrpura. También ha sabido convertir al vestuario en el mimético leitmotiv revolucionario, que se puede observar en las levitas, camisas y fajines de la juventud insatisfecha de Marius y sus compañeros de armas. Y es ese espíritu, el de la intención revolucionaria, el que lleva al musical a sus cotas más altas. De canciones intimistas se pasa a fantásticas construcciones (como la canción Red & Black) que elevan al espectador como si fuera una pluma con ganas de volar. En ese sentido, destaca el inglés Eddie Redmayne, que junto al resto del magnífico cast, prueba y divulga con su excelente voz, que es más que un actor capacitado. Una pena que, muy al estilo de las novelas bipolares de Charles Dickens, su amor sea tan melifluo e instantáneo como una flecha de cupido. Eso sí, el interesante guión, capaz de reunir con sentido cada intensa historia, consigue regalarle a los amantes tiernas escenas de hermosa intimidad que intentan redimir la sensación de que el amor pueda llegar a ser inconsistente una vez toquen las 12. Pues, al fin y al cabo, Los Miserables, el musical, acaba por versar sobre la fuerza de este órgano vital, que ha de imponerse por encima de los infinitos obstáculos que nos pone la vida, y mediante el cual se puede, al fin, alcanzar toda redención.

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