lunes, 4 de noviembre de 2013

Película oculta: Camino a la libertad.

Hay una lección de Historia que nunca ha llegado a calar realmente y es la de que ni Lenin ni mucho menos Stalin fueron santos, por mucho que el primero cincelara la hoz y el martillo a fuego en el imaginario colectivo de la vivacidad comunista. Pero sobre todo, lo que más enardece las furias de la memoria es la moda de llevar el comunismo en la camiseta igual que se luce al Che Guevara: con desconocimiento de causa. Y es que más allá de los ríos de tinta ideológicos la realidad Estalinista sembró Siberia de campos de concentración para matar con la perseverancia del tiempo y los trabajos forzados a todos los enemigos del estado. En ese sentido es de agradecer que el comienzo de Camino a la Libertad, traducción sensiblera de The Way Back (el camino de vuelta), presente uno de estos Gulags tal y como suelen filmarse los campos nazis. Y es que no se trata aquí de dibujar analogías genéricas ni simplistas (los nazis sistematizaron la muerte étnica y Stalin promulgo el éxodo social y la pena política como muchos otros regímenes) pero sí recalcar que las realidades de las dictaduras, desgraciadamente, pertenecen a todos los colores y bandos. Porque el egoísmo psicopático del hombre carece de ideología y pertenece a todas a la vez.

Dirigida por Peter Weir (El club de los poetas muertos, Master and Commander) este film es, en efecto, un largo camino hacia la libertad, eso es cierto. Y es un camino (como nos gusta ver y les gusta vender) inspirado en hechos reales. Sustentado sobre la interacción humana con los elementos, el grupo protagonista queda perfilado más que narrado, en contraste con la vastedad de los escenarios donde sitúa la pequeñez del hombre en su conquista. El bosque, el desierto. La gelidez de la estepa y la sed de las dunas coronan la dicotomía de esta carrera de posiciones donde los personajes se enlazan cuerpo a cuerpo por la supervivencia y prueban una vez más la voracidad del ser humano por la vida aún en las más descorazonadoras situaciones. Sin duda Weir ha perdido algo de cuerda al atar demasiados nudos de su guión en torno a la sucesión de escenarios, como las pruebas de un capítulo de Pekín Express rodado por el National Geographic. No obstante, la metáfora infinita de la andadura como proceso de redención, como promesa de libertad y como medidor cronológico de las desavenencias del mundo consigo mismo contiene la misma belleza que todas esas cadentes imágenes de belleza paisajística. Y es que frente a los horrores del hombre existe el cobijo de la naturaleza, arma de doble filo que promociona incansablemente la necesidad de hacer obligatorio un curso de supervivencia en la montaña ante ese “por si acaso” que tarde o temprano llegará sin tenemos en cuenta el torrente distópico que nos inunda últimamente.
En última instancia, lo cierto es que Camino a la Libertad es hermosa. Conoce sus defectos y los hace enmudecer, como esas palabras cuyo final y principio están intactos de forma que el lector no se da cuenta de que las dos letras del medio no pertenecen a ese lugar. Saoirse Ronan aparece de refilón pero con los años, y sólo tiene veinte-pocos, está consiguiendo cimentar una solvente carrera que al estupendo Jim Sturgess parece rehuirle. A su lado, Ed Harris grita por un nuevo papel protagonista que reconozca la plenitud de su madurez. Los tres engarzan una historia tejida con el mimo de un director que ha hecho un poco siempre lo que ha querido con grandes resultados a pesar de que su nombre no sea tan conocido entre las nuevas juventudes de este planeta. Un poco como ocurre con la historia, tan infravalorada como recurrente en su andadura.
 

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