domingo, 27 de octubre de 2013

Prometheus: la ofrenda fallida de Ridley Scott

Cuando no se para de repetir que una película como la que nos ocupa bebe de los mismos cimientos, pero que se dirige hacia otras dimensiones y quiere separarse de catalogaciones que la tildan de 'precuela' de Alien, se tiene toda la razón. Aunque, inevitablemente, e incluso de forma autoconsciente, los productores, el director y el 'cast' entero sabían bien que Prometheus carece de sentido sin un Alien al que relacionarlo. Principalmente porque la citada película y comienzo de una de las trilogías más míticas del cine, fue un hito que influyó de forma evidente en el cine 'sci-fi', en la visión de las heroínas cinematográficas y en el cine en general. Alien marcó un antes y un después, y a Ridley Scott le entraron ganas de volver, y además, ¿por qué no? quiso hacerlo trayendo consigo una ingente carga de profundidad metafísica, religiosa y filosófica para desarrollar una astronómica diatriba sobre la humanidad, sus orígenes y todo lo que pudiera ofrecerse en el espacio intergaláctico. Y es en esta última frase donde se halla la auténtica tragedia de esta película con nombre de Dios atormentado: Scott ha metido "todo" lo que se le ha pasado por la cabeza en un guión notablemente bien facturado pero que carece totalmente de cualquier atisbo, ya no de verosimilitud, sino de sentido. Hace todas las preguntas y no da ninguna respuesta. Y no porque quiera dejarlas en el aire, sino porque no puede. Lo intenta, pero este film tan bien publicitado, no consigue ni entenderse a sí mismo. Se queda en el aire, flotando en la anti gravedad y dejando allí a un gran elenco de protagonistas que no saben a dónde van ni por qué y cuya autenticidad queda siempre en entredicho al carecer de una buena narrativa que les apoye o de una auténtica tridimensionalidad que los sostenga. Se salva de la caía al vacío un excelente Michael Fassbender, de lo poquito que puede aportar una cierta cantidad de interés a este desfase de ciencia ficción, donde aparecen todo tipo de bichos sin medida y donde todo lo que ocurre parece un extenso prólogo que nunca llega a nada. Por no servir, no sirve ni para explicar con cordura, inteligencia o paranoia fílmica el nacimiento del parásito más famoso del cine. Eso sí, Scott sabe mantener una tensión y un desasosiego constante dentro de una estética depurada y moderna, algo así como una metáfora fallida de aquello que un día le encumbró como un director de gran valía.

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